Raymundo se presenta

 El 13 de setiembre de 2019 fue un viernes muy ventoso. También resultó ser el día del programador, que se celebra el día 256 de cada año, el día internacional del chocolate y otras fechas no menos importantes. Caminaba por la ciclovía paralela a la avenida Cruz Roja, rumbo a la casa de un cliente cuando, aproximadamente a la altura del teatro Quality, observé una decena de tarjetas de crédito desparramadas en el suelo. Al comprobar que pertenecían todas a la misma persona —a quien llamaremos Raymundo— decidí recogerlas para su posterior devolución.

Eran tarjetas de crédito y débito de diversos bancos, un documento de identidad y el carné de socio del Club Atlético Belgrano. En el documento figuraba la dirección de Raymundo: un departamento en una de las torres de un complejo ubicado en Balcones del Chateau. Conocía ese lugar debido a mi trabajo, que por entonces consistía en reparaciones técnicas de equipos informáticos, pero antes de apersonarme decidí contactar a Raymundo vía Facebook, dejándole un mensaje y expresando mi intención de devolverle las tarjetas. Por toda respuesta, Raymundo me bloqueó y me denunció como spam. O quizás me acusó de algo peor. 

La red del bueno de Mark Zuckerberg no me permitió volver a entrar a esa cuenta, a menos que me tomara en ese mismo instante "una foto de frente, con buena luz, donde se observen claramente tus rasgos, y no aparezcas junto a otras personas", cosa que por supuesto no hice. 

Ese mismo y ventoso mediodía de viernes, al tiempo que yo recogía las tarjetas, Danilo en el otro extremo de la ciclovía se dirigía en bicicleta de regreso a su casa, cuando se encontró, por casualidad, con “la profesora”, una antigua compañera de un trabajo anterior, quien aparentemente —y pronto se verá que sólo aparentemente— se alegró mucho de verlo, al punto de invitarlo a almorzar al día siguiente. 

Una hora después de mi encuentro de las tarjetas y el encuentro de Danilo con la profesora, a las 14:10, un track de cuatro minutos se grababa en el GPS, describiendo una trayectoria singular alrededor de la casa de mi amigo. La señal discurría por algunas calles circundantes y constantemente volvía a un punto situado en una avenida próxima. En la casa donde la señal rebotaba habían vivido alternativamente —en un lapso de tres años— un militar, una bióloga y un ingeniero en telecomunicaciones, pero en ese momento nadie habitaba. Lógicamente, no teníamos la menor idea de esto; aun faltaban dos años para la expedición a Villa Alpina. Me había puesto en alerta no obstante la imprevista reacción de Raymundo, que simplemente me podría haber ignorado. 

Deduciendo que el bloqueo y la denuncia a mi cuenta de Facebook implicaban una hostilidad que podría traerme problemas, de inmediato publiqué un mensaje en la web de una radio de alcance nacional, con los datos completos de Raymundo y mi número de teléfono para la devolución. No esperaba que alguien llamase; sólo quería cubrirme en caso de que alguien me acusara de algún ilícito relacionado con las tarjetas.

Al día siguiente, sábado 14 de setiembre, de camino a la casa de la profesora, Danilo pasó por el supermercado e hizo una generosa compra que incluía todos los ingredientes para el ágape, pero lo aguardaba una ingrata sorpresa. La profesora, visiblemente molesta, le preguntó en calidad de qué venía ya que ella nunca lo había invitado, y lo echó de su puerta sin mayores explicaciones, no sin antes guardar toda la mercadería que Danilo compró para la ocasión.

—Vaya sentido del humor más retorcido que tienen sus amigos —le digo—. Y eso que usted todavía no los había catalogado como magos de feria.

—Fíjese que interesante —me responde—. Tanto a usted como a mí nos pegaron en el bolsillo.

En el momento que dejaban a Danilo fuera del almuerzo que había pagado, un track, del cual ya hemos hablado en un capítulo anterior, se grababa de modo misterioso en el GPS: iba desde el Cerro Los Linderos hasta la ciudad de Alta Gracia. A la una de aquella tarde frugal, la señal del GPS estaba precisamente sobre el cerro Los Linderos, vituperado por los montañistas profesionales al ser la vía rápida para llegar al Champaquí, permitiendo a personas sin aptitudes físicas especiales alcanzar la cumbre en cuarenta minutos. Mientras el GPS estaba supuestamente guardado en un cajón, su propietario, de visita en mi casa, me relataba el fallido almuerzo y yo le mostraba las tarjetas de Raymundo. 

Me parecía evidente que Raymundo no estaba interesado en recuperar nada. Tal vez era un miserable que me estaba evitando para no darme una recompensa —aunque sólo fuera una coquita helada como le dieron a mi amigo—, pero quería sacarme un peso de encima porque nadie tira sus tarjetas de crédito a una ciclovía y no sabía en qué me estaba involucrando si las conservaba. 

Danilo parecía más interesado que yo en visitar a Raymundo, y llegó a decirme que sería una buena oportunidad para demostrar que no todo hincha de Talleres es una mala persona. Me pareció un argumento convincente, viniendo de un fanático del equipo rival; y una semana después fuimos a la casa de Raymundo y nos presentamos frente a su puerta. Danilo condujo y se sorprendió de lo fácil que nos resultó llegar a un lugar tan apartado; a mí no dejaba de intrigarme que Raymundo viviese en un complejo de departamentos que yo conocía por dentro. 

—Se aseguraron de que llegáramos —apuntó mi amigo— mientras divisábamos el próximo cartel de la cadena Easy.

Bajamos y Danilo se precipitó en dirección a la entrada, como si quisiera salir rápidamente de dudas. Creo que su ansiedad se había originado en el momento que le mostré el perfil de Facebook de Raymundo: el fondo era el escudo del Club Atlético Belgrano, su pasatiempo la natación y el buceo y su lugar preferido en el mundo la foto de un hermoso archipiélago griego.

—Eso es Santorini —aseguró mi amigo. 

—¿Santorini? ¿Donde se supone que se hundió la Atlántida?

—Este tipo nos trata de decir algo.

—Este tipo me bloqueó y denunció, nos trata de decir que no somos bienvenidos. Al menos yo. Quizás usted, por ser del mismo club, tenga más suerte.

—¿Cuál es el piso?

Se lo dije. Estaba a punto de tocar el timbre del portero eléctrico, cuando le advertí que era el botón equivocado. Apuntó al botón correcto pero antes de que pudiera tocarlo, apareció —instantáneamente, se podría decir, ya que no pudimos ver de dónde salió— un individuo al que llamaremos Boris y preguntó qué queríamos. 

Le respondí que buscábamos a Raymundo y dijo que volvía más tarde. Le expliqué el motivo de nuestra visita y le mostré las tarjetas. Boris las miró, nos miró y asintiendo con la cabeza, dijo:

—A Raymundo lo asaltaron la semana pasada.

Al ver el carné de socio del CAB se detuvo y, con una mueca irónica, aparentemente en tono de broma, señaló:

—Perder esta tarjeta es lo que más le dolió. 

Le dije que mi amigo, siendo hincha del mismo club, había insistido en que le hiciéramos una visita. Dejé a Boris un número de teléfono para que Raymundo se comunicara conmigo y sin más subimos al auto, pero justo antes de partir se acercó Boris con un teléfono en la mano y me lo extendió. 

—Esa escena me resulta familiar—, me diría Danilo dos años después, al regreso de Villa Alpina.

Era Raymundo, a quien saludé y expliqué las circunstancias. 

—El viernes encontré tus tarjetas cerca del Quality a la una de la tarde. Me contó tu amigo que te asaltaron.

—Sí, el viernes a la una me asaltaron en la esquina de Colón y Cayetano Silva —dijo la voz. 

Supuse que era un error; no podían haberlo asaltado al mismo tiempo que yo encontraba las tarjetas, así que insistí.

—Vi que estaban todas a tu nombre, por eso las levanté. Pasaba por el Quality el viernes a la una de la tarde para ir a trabajar.

—Me robaron cuatrocientos euros —aseguró Raymundo—, el viernes pasado a la una de la tarde.

No volví a insistir. Le dije que no era prudente guardar las tarjetas de crédito junto con el documento de identidad, a lo cual replicó que en ese momento no se preocupó de los detalles porque “estaba muy apurado, volviendo de Europa”. Le pregunté si Boris era de confianza y dijo que podía dejarle las tarjetas a él, cosa que hice.

 

Un pirata celeste

Me había olvidado de Raymundo y sus tarjetas pero Danilo insistía en que la aparición de Boris antes de tocar el timbre no era normal y olía en todo esto algo raro. Me preguntó que había estado haciendo antes de encontrar las tarjetas. 

—Iba caminando a la casa de un cliente —respondí, aunque sabía lo que se venía.

—Digo antes…, una semana antes. Recuerdo que usted me contó que estaba haciendo algo. ¿Un experimento...?

—Ah, sí. Estuve intentando materializar cuatro mil pesos.

Aunque ahora parece una cifra ridícula, en 2019 cuatro mil pesos era un número que alegraba el bolsillo.

—¿Y usted piensa que el encuentro de las tarjetas fue casual? 

Lo pensé.

—Bueno, es cierto que encontrar tarjetas de crédito es una forma de encontrar dinero. Pero era dinero de otro, así que entiendo que el experimento falló. No sé muy bien cuál fue el error. Habrá que insistir.

—¿Cuánto dijo Raymundo que le robaron?

—Cuatrocientos euros.

—¿Y cuánto quería materializar usted?

—Cuatro mil pesos.

—¿No le dice nada…?

—¿Usted piensa que Raymundo me acusa de haberle robado?

—No sólo eso. ¿De qué club era el carné de socio de Raymundo?

—Del Club Atlético Belgrano. ¿Qué tiene que ver?

—Seguramente sabe cómo se conoce popularmente a los hinchas de este club, ¿no?

—Si. Claro. ¿Piratas inmundos?

—Sólo piratas. ¿Y cómo les dicen además?

—¿Celestes?

—Exacto. Raymundo lo dijo claro.

Era tan obvio que tuve que pensarlo. ¿Un pirata celeste? Mi amigo estaba, como de costumbre, completamente sobrio.

—¿Qué pasó con el destilado de cebada orgánico saludable que prometió? ¿Entraron ladrones al arca?

—Los elixires requieren un largo proceso de decantación.

—Espere —dije recordando los pormenores de aquella tarde—. Mi cliente vio las tarjetas. 

—¿Se refiere a nuestro común amigo Ricardo el aviador?

—El mismo. Es un fanático de las estadísticas y coleccionista de camisetas de fútbol. Recuerdo que cuando vio el carné de socio del CAB, me dijo que Belgrano había jugado contra Temperley el día anterior, 12 de setiembre. Mi cliente dedujo que Raymundo había perdido las tarjetas en la cancha, posiblemente borracho. ¿Y usted dice que Raymundo es un pirata del espacio?

—Lo dijo él, no yo. En efecto Belgrano jugó y ganó por tres a uno contra Temperley en aquella ocasión, en la cancha de Alberdi. Además el partido se jugó de noche. ¿Cómo llegaron las tarjetas al Quality?

—No sé..., pero si mi cliente tiene razón y Raymundo estaba muy borracho, lo asaltaron a la salida de la cancha. Los ladrones se deshicieron de las tarjetas en su huida y al día siguiente yo las encontré. Colón y Cayetano Silva, dijo. Eso no está lejos de la cancha. O Raymundo estaba borracho o es un pirata del espacio. No sé cuál elegir.

—Una posibilidad no anula a la otra. Puede ser un pirata del espacio que tras los festejos se excedió en sus libaciones. 

—Si fuera un pirata del espacio no lo diría. ¿Con qué necesidad?

—Porque obviamente nadie nos va a creer. Fuimos a su casa. El supone, por alguna razón, que sabemos algo que en realidad no sabemos. Y esa ubicación, Cayetano Silva…, no es real. Es una invitación. A que cerremos el pico.

—Permítame revisar su argumento. Colón y Cayetano Silva...Sería como decir: si descubriste América, callate la boca. ¿Eso dice usted?

—Correcto —respondió mi amigo—. Soy un pirata celeste, ahora que lo saben, cállense. Y dijo que lo asaltaron al mismo tiempo que usted encontró las tarjetas. No olvide que en ese momento yo me encontraba con el clon de la profesora. Algo simultáneo. Instantáneo. Como el café que me sirvió la profesora. Como la aparición de Boris.

—La profesora... ¿La que le hizo pagar el almuerzo y lo dejó afuera?

—No me lo recuerde.

—Se lo digo con todo respeto, pero los clones de sus amistades son un auténtico sorete.

—Seguro. Voy a aventurar una hipótesis que puede poner mi reputación en riesgo. Pero hubo un detalle en la sala donde conversé con la profesora.

—Por favor no me comprometa contándome cosas que no debo saber.

—No es lo que usted piensa. Creo que no sólo la profesora con la que me encontré era una imitación de la profesora, sino que la sala donde nos reunimos y tomamos café no era real, sino una suerte de holograma.

—¿Por qué piensa eso?

—Porque sobre la mesita donde apoyó las tazas de café había polvillo, y eso es algo que la profesora jamás permitiría que ocurra, siendo una obsesiva de la limpieza.

—El café que le sirvió, ¿era instantáneo o de filtro?

—De filtro.

—¿Y por qué dijo que era instantáneo?

—Porque demoró medio segundo en prepararlo.

—¿Se le ocurrió que podría haberlo tenido en un termo?

Mi amigo pareció sumirse en profundas meditaciones.

—¿De dónde venía usted antes de encontrar a la susodicha?

—Del banco.

—Parece entonces que seguimos hablando de dinero. Raymundo debe haber estado muy ebrio. Por eso no recuerda la hora del asalto. Es cierto que la aparición de Boris fue muy rara. Pero volviendo a su supuesto, si Raymundo es un pirata celeste, entonces la Europa de la que dijo regresar no puede ser Europa.

—Expláyese.

—Si Raymundo dice que es un pirata del espacio, la Europa de la cual dice venir podría ser uno de los satélites de Júpiter.

—Un pirata celeste, procedente de Europa. Ahora entiendo. ¿Quién iba a imaginar que había uno en Balcones del Chateau? 

—Eso es lo que Raymundo quiere que creamos. ¿O sea que es algo aún peor? —pregunté.

—Da igual.

—Hay una astrónoma que hace poco conmocionó al mundo académico. Piensa que Europa, la luna de Júpiter, podría albergar vida inteligente bajo el hielo y sospecha que son semejantes a pulpos.

—Bueno, los pulpos terrestres son muy inteligentes. Supongo que los de Europa no serán menos.

—Caramba —observé—. ¿Estuvimos hablando con un pulpito?

—Tal vez por eso no quiso dar la cara y sólo habló por teléfono.

—¿Como el que venía bajando?

—Como el que venía bajando. 

 

Era una idea interesante, pero difícil de aceptar. Sin embargo había detalles llamativos. La afirmación de Raymundo, contra toda lógica, de que lo habían asaltado al mismo tiempo que yo encontraba las tarjetas. Su membresía entre los piratas celestes. Sus “cuatrocientos euros”, que era meramente un múltiplo de la cifra que yo había intentado materializar. La aparición instantánea de Boris. Europa... ¿Acaso Raymundo había aparecido justo a tiempo para impedirme tomar mi dinero trabajosamente ganado? 

Esto sucedía en setiembre de 2019. Era una clara advertencia de que, pese a todo el palabrerío de los teóricos de la nueva era acerca de la “manifestación”, materializar dinero podía ser algo no sólo realizable, sino incluso estar sujeto a una especie de “regulación” en ciertos círculos de gente que seguramente se nos había adelantado. Tal vez la idea de que algo puede salir de la nada era falsa y el dinero debía tener un origen, ya legal, ya ilegal; vale decir que no podía ser creado, sólo tomado. Si por accidente yo había metido la mano en la billetera de Raymundo, era comprensible que me quisiera bien lejos. 

Pero había algo más: si Raymundo había sido capaz de seguir ese rastro, implicaba algo muy desagradable. Alguien estaba demostrando ser capaz de captar un pensamiento ajeno en tiempo real y de neutralizarlo antes de que se materializara. Que era como decir que alguien empleaba telepatía, combinada con la capacidad de actuar sobre la materia a distancia, para vigilar el flujo del dinero antes de su materialización. Era demasiado. 

No obstante resultaba toda una novedad lo que Raymundo, siendo tan sólo una voz en el teléfono —como el que venía bajando— planteaba con sus tarjetas de crédito desparramadas en el suelo. Por primera vez me daba cuenta de que mi idea de un fiat cash, un “hágase el dinero”, había sido sólo un capricho sin fundamento, y que la pasmosa realidad era que América ya había sido descubierta por Europa hacía rato. ¿Acaso Raymundo me había pescado in fraganti y para detener mi avance se había puesto en evidencia? Esto era horrible, pero esperanzador. Si tales habían sido las circunstancias, la idea de materializar dinero mediante un proceso psíquico podía ser algo más que un juego. 

Así que me puse a estudiar. Había que empezar por lo básico: leí todos los libros, antiguos y modernos, sobre telepatía que encontré; la mayor parte era basura, pero uno destacaba del resto: Penetration. The question of extraterrestrial and human telepathy, por Ingo Swann. El autor relata su participación en un programa sobre investigación psíquica para una universidad, la cual servía como fachada a tareas de espionaje del gobierno. La tesis de Swann sostiene que la telepatía es un arma estratégica para quien la posee, ya que conocer los pensamientos de otros es tener acceso a información privilegiada. Por esto, piensa él, se harán todos los esfuerzos necesarios para que la gente jamás aprenda a dominar esta técnica. Y, agrega Swann, este esfuerzo no proviene sólo de autoridades terrestres, sino de alienígenas que saben que perderían su dominio sobre los seres humanos si pudiésemos saber lo que piensan.

El propio Ingo Swann narra sus encuentros con ciertos personajes aparentemente no humanos, entre ellos una mujer muy ligera de ropas que compra alcauciles en un supermercado. Sus mentores prácticamente enloquecen al ver a Swann acercarse a la mujer, y le advierten de modo terminante que se aleje ya que ella podría “freírle el cerebro”.

Evidentemente ya no podíamos seguir tomando lo que pasaba como un juego; o nos olvidábamos de todo y seguíamos con nuestras vidas, sin molestar a quien hubiésemos ofendido, o bien llevaríamos el proyecto hasta sus últimas consecuencias. La primera opción era simplemente muy aburrida. Pero este emprendimiento —tan lícito desde nuestro punto de vista como cultivar una granja, pero que requería aun más esfuerzo— había tropezado desde el inicio con un obstáculo inesperado. La posibilidad de que un grupo de individuos, de origen incierto, ya estuviese administrando el flujo de dinero materializado alrededor del planeta. Sin quererlo, ahora debíamos estar en la mira de estos facinerosos.

Mucho después de la aparición de Raymundo, conocí la historia de Amicizia, la supuesta amistad entre un grupo de extraterrestres y terrícolas originada en Italia a mediados de la década de 1960, cuyos pormenores relata Stefano Breccia en Contattismi di Massa. Esta amistad involucró a gente de diversos países, incluyendo a por lo menos un empresario de Córdoba, Argentina[1], y se mantuvo en secreto por más de treinta años. 

Los extraterrestres de la Amicizia eran encantadores. Había entre ellos gigantes, enanos y por supuesto seres indistinguibles de los humanos normales. Bebían whisky y fumaban gruesos cigarros mientras discutían con sus amigos terrestres sobre física avanzada. Utilizaban la teleportación para vaciar camiones cargados con mercadería provista por sus amigos terrícolas, quienes distraían a los camioneros invitándolos a beber copiosamente mientras duraba el proceso. También disponían, según confesaron, de una máquina “capaz de recoger todo el dinero perdido de Europa”[2]. De ahí a admitir que podían robar dinero de cualquier parte hay sólo un paso.

Por entonces yo creía ingenuamente que, de ser posible materializar algo, digamos dinero, nadie se enteraría, y tampoco me preocupaba en pensar que ese dinero debía provenir de alguna parte. Alguna que otra vez había encontrado dinero en la calle, y nunca tuve problema en gastarlo. ¿No funcionaría la materialización de este modo? El criminal sistema de administración del dinero operado por gobiernos y entidades financieras, que divide al mundo entre amos y esclavos, ¿había llegado a contaminar lo que yo imaginaba como terra incognita, un oasis pletórico de abundancia y felicidad? ¿Estos hijos de puta habían logrado corromper la más sagrada expresión de la libertad individual —la libertad de crear— arrogándose el derecho a imponer un monopolio mafioso sobre la materialización?

Según esta nueva visión aportada por Raymundo, si el dinero a materializar ya existía, el proceso se reducía a trasladarlo de un lugar a otro, o dicho de otro modo era un proceso de teleportación. Los astutos alienígenas italianos se habían encargado de aclarar que su aspiradora recogía “dinero perdido”. 

Cuando nosotros pensábamos que escarbábamos en el desierto, prontos a descubrir un tesoro bajo la arena, la realidad era que a poca distancia había un club, atestado de gente, que tal vez no era gente, controlando las apuestas. Y por lo visto ese club no admitía nuevos socios. 

Esta discusión podría parecer moderna, incluso de avanzada, si no fuera porque —como de costumbre— Charles Fort ya había pasado por aquí. En su obra Lo! de 1931, en el capítulo 4 de la primera parte, Fort escribe:

Una sugerencia no tan sensata es que, en este año de 1842, alguien había aprendido los secretos de la teletransportación, y para no llamar mucho la atención estaba experimentando en lugares muy alejados unos de otros. Me parece bastante probable que, de existir la teletransportación, los seres humanos podrían haberla conocido y utilizado.

“¿Bastante probable?”, diría un espiritista. “¿Él nunca ha oído hablar de los aportes?”

Pero ya sea por estrechez e intolerancia de mi parte, o no, no voy a las sesiones de espiritismo en busca de datos. He recopilado notas sobre “robos misteriosos” y me pregunto si alguna vez se ha usado un poder de teletransportación de manera criminal. En cuanto a los aportes, si un médium puede transportar conchas marinas desde el mar hasta su gabinete, podría extraer fondos desde un banco hasta su bolsillo. Si pudiera, pero no quisiera, ¿cómo explicar que sea un médium? Revisando los periódicos, mantuve un ojo escrutador en busca de algo así como el relato de un médium, que se hubiese vuelto misteriosamente rico, en una ciudad donde había escasez de fondos: empleados acusados de malversación de fondos y condenados, pero sobre evidencia que no fuera completamente satisfactoria. Aunque por lo general puedo encontrar datos para “probar” cualquier cosa que quiera “probar”, no he llegado a tal relato, y soy escéptico en cuanto a los aportes. Creo que los médiums son como la mayoría del resto de nosotros, que son no criminales, sin habilidades excepcionales. Sin embargo, puede haber adeptos criminales que no son médiums conocidos.

Agregaré otro caso recopilado por Charles Fort, extraído del capítulo 5 de Wild Talents: 

“Un banco en Blackpool fue asaltado, a plena luz del día, el sábado, en circunstancias misteriosas”, dice el London Daily Telegraph del 7 de agosto de 1926. Era uno de los establecimientos más grandes de la ciudad: la sucursal de Blackpool del Banco Midland. Al mediodía del sábado, mientras cerraban las puertas, un funcionario del Departamento de Tranvías de la Corporación ingresó al edificio, con una bolsa, que contenía 800 libras, en billetes del Tesoro. En presencia de unos veinticinco clientes, colocó la bolsa sobre un mostrador. El portero le abrió la puerta principal para que saliera y luego regresara con otra cantidad de dinero, en plata, desde un coche. Pero la bolsa había desaparecido del mostrador. Era una bolsa grande de cuero. Nadie podía, sin hacerse notar, tratar de ocultarla. No se informó que nadie llevara una capa de maternidad.

En horas de la tarde, en una calle lateral, cerca del banco, se encontró la bolsa, y fue llevada a una comisaría. Pero la cerradura era peculiar y complicada, y la policía no pudo abrirla. Se llamó a un funcionario del Departamento de Tranvías. Cuando el hombre llegó con la llave, no se encontró dinero en la bolsa. Si una bolsa puede desaparecer de un banco sin pasar por el portero, no veo ninguna maravilla en que el dinero desaparezca de una bolsa que tal vez no se había abierto.