El Mercado del Tikbalang

Al final, Susy y Lucas no eran productores ni actores del Reality, sino sus víctimas. Un miércoles cualquiera habían salido como una pareja normal, dispuestos a pasar un día apacible en la montaña.

Al llegar al portal del Champaquí notaron que no estaban solos. Una camioneta roja estacionada delataba la presencia de alguien en lo alto del cerro. Se acercaron con curiosidad y, en la caja, vieron un pequeño aparato.

Les pareció divertido “tomarlo prestado”, jugar a descubrir de qué se trataba y, con suerte, devolverlo después. No eran precisamente dos "honestos" a rajatabla, pero tampoco criminales.

—Bueno —dijo Susy—, ahora podemos subir tranquilos; si nos perdemos, ya tenemos un GPS.

No sabían que ese GPS, lejos de ser un auxilio, sería su perdición.



Subieron hasta llegar al bosque. De pronto, la atmósfera cambió: la luz del sol se volvió más débil y el silencio se tornó abrumador. Hacía calor; se quitaron los abrigos, atribuyéndolo al esfuerzo de la subida. Entonces, entre los pinos, divisaron una construcción.

—Que  genialidad—dijo Susy—. No sabía que habían puesto un bar en medio de la montaña.

—Entremos —dijo Lucas— y preguntemos cuánto falta para la cima.


El bar era acogedor, con muebles de madera y una decoración minimalista. El calor era sofocante, así que pidieron un par de latas de Coca-Cola. Lucas, mientras bebía, se dirigió a la moza, una mujer de mirada fija y sonrisa tensa:

—Dígame, ¿cuánto falta para llegar a la cima?

—¿Qué cima? —respondió ella, sin pestañear.

—La cima del Champaquí.

—¿La cima del… qué?

—El Champaquí —repitió Lucas—, el cerro donde estamos, ¿no?. Empezamos a subir y nos encontramos con este lugar.

La moza los observó con una calma incómoda. Luego preguntó:

—Ustedes no son de acá, ¿verdad?

—No —contestó Susy—, somos de Saldrán.

—Esto es Villa Alpina —dijo la moza, con voz inexpresiva—. Ese cerro que nombran no lo conozco. Quizás sea otro, a unos veinte kilómetros.

Susy y Lucas se miraron, inquietos. Prefirieron no seguir preguntando y buscar una salida. Pero, para disimular, Lucas se arriesgó a un comentario:

—¿Qué música es la que suena? Parece Mozart, pero…

—Es Mozart, señor —respondió la moza con seriedad—. Una pieza costumbrista. “Lámeme el culo”.

Susy empezó a reír nerviosamente, incapaz de detenerse. La moza los observó un instante más y se retiró sin decir nada. La tensión se hizo insoportable. Antes de irse, compraron dos latas más para el camino.

—Las más frías que tenga —pidió Susy.

Apenas salieron, encendieron el GPS. Lucas no era experto, pero lo suficiente como para orientarse. Localizó el portal en el mapa y avanzaron en esa dirección. Sin embargo, siempre volvían al mismo lugar. Dieron vueltas en círculos durante lo que pareció una eternidad.

—No podemos salir —dijo Lucas.

—Ese aparato es una porquería —gruñó Susy—. Hasta le falta una perilla… con razón lo dejaron tirado.

Susy bufó y sacó el teléfono de su bolsillo.

—Dejame a mí , voy a usar el GPS del celular.

Pero, tras insistir, dijo frustrada:

—Esto tampoco funciona.

Lucas lo examinó y respondió:

—No hay señal. Estás usando una app que necesita internet. Por eso no anda.

—¿Y por qué el tuyo sí? Anda como el orto, pero anda… —y empezó a reír y llorar al mismo tiempo.

—Porque depende de satélites, no de internet.

—Tengo frío —murmuró Susy.

Lucas intentó abrazarla, pero ella se apartó:

—No me abraces, pelotudo. ¡Estás chivado!

Hay algo admirable en las mujeres: pueden estar extraviadas en el espacio y el tiempo, pero nunca desaprovechan la ocasión para señalar el mal olor en el sobaco ajeno.

—Bueno, tomá mi campera —dijo Lucas.

—Dala vuelta —ordenó Susy.

—¿Cómo?

—Dala vuelta, está empapada. Y hacé lo mismo con la tuya.

Lucas obedeció, sin saber que Susy acababa de salvarles la vida. Los bucles espaciotemporales no son un invento moderno: los antiguos filipinos ya hablaban de ellos, atribuyéndolos al espíritu de un árbol o a una criatura mítica. También conocían la salida: vestirse con la ropa del revés.

—Volvió el frío —dijo Susy.

Ambos comprendieron que estaban de regreso en el mundo normal. Corrieron cuesta abajo hasta llegar al portal. Allí, jadeante, Lucas descubrió que había perdido el teléfono.

El GPS seguía en su bolsillo.


—Es una hipótesis magnífica —le dije a Danilo—. Cuénteme con qué se drogó a ver si puedo alcanzar el mismo grado de lucidez.

—Es sentido común, nada más. Los que podrían haber estado bajo la influencia de un alucinógeno son ellos, Susy y Lucas, pero eso no cambia el hecho fundamental. Experimentaron algo anómalo y estaban aterrados.

—En serio, su hipótesis explica casi todo: la voz trémula de Susy diciendo que no sabe dónde está. Los movimientos erráticos del track, tal vez. El extravío del teléfono de Lucas y hasta la intención de desprenderse, junto con el GPS., de una latita de coca cola Y un tema que parece obsesionarlo: por qué la coquita estaba tan helada. También explicaría la huida de ambos a toda carrera.

—Supongo que ahora vendrán las objeciones.

—Un escéptico diría que está tratando de explicar un misterio con otro. Lo único que no me cierra son algunos detalles.

—Dígalos y veremos si puedo satisfacer sus dudas.

—La espina de Lucas. Pensábamos que era una excusa para cumplir un cronograma.

—Tambien postulamos que Lucas quería descansar. En la hipótesis de este humilde servidor, hay razones de sobra para justificar su agotamiento.

—Es verdad. Por otro lado —agregué—, tenemos la persecución de Susy en puntas de pie para devolverle el GPS, que según usted ella y su cómplice habrian sustraído de la camioneta. Demasiado teatral.

—¿Demasiado teatral? ¿Cómo piensa que iba a devolverlo, agitándolo en la mano y gritando "¡Miren lo que encontré!"?

—Muy bien, pero hay algo más. La entrega del GPS y la coquita, una cosa en cada mano, como en un spot publicitario. ¿Le parece propio de una persona aterrada que intenta huir del lugar a toda prisa?

—No sé.

—Yo tampoco. Pero si su hipótesis es correcta, ese final solo puede significar una cosa.

—Dígala.

—Estan actuando no sólo para usted sino para otros. Es decir, el argumento puede ser tal cual usted lo cuenta. Pero es una actuación, que otros están viendo. Usted sólo ve el final.

—Ilumíneme con el guión completo.

—Lucas y Susy no llegaron el miércoles, sino el lunes.

—¿Cómo llega a tal precisión calendaria?

 —Los movimientos erráticos en los tracks. El del 17 termina así, el del 19 empieza igual. El mismo lugar, las inmediaciones del portal. Como si alguien hubiese apretado pause el 18 de mayo y después reanudado la película dos días más tarde.

—Volvemos a la idea de la edición de la realidad. El Reality corta y pega escenas como quiere. Cuesta imaginar semejante poder.

—Surge de su hipótesis.

—Los movimientos erráticos del 17 podrían no ser de ellos, sino del que venía bajando. Yo hablé con él y me dijo que encontró mi GPS. Lo dejó en la camioneta.

—Podría ser. Pero, como Lucas y Susy, fue tragado por el bucle. Nadie lo vio salir.

—¡Por eso nunca terminó de bajar! Pero si nunca terminó de bajar, ¿quién dejó mi GPS en la camioneta?

—Adivine.

—Me imagino. ¿El Reality?

—No necesariamente. El clon del galeno fue el primero en anunciar la noticia.

—Recuerdo que usted lo llamó "Profeta de la retroactividad". ¿Por qué?

—Remitase al capítulo 5, El nodo cuántico, si es tan amable.

—Bueno, este humilde servidor, actor involuntario de lo que usted llama el Reality, tiene varias cosas para decir, si se me permite tan inmerecido honor.

—Yo quisiera saber quién hizo el casting. Pero adelante, diga lo que quiera.

—Primero, ha hecho una excelente recreación de mi hipótesis. ¿Inventó eso de los filipinos?

—¿Cuándo este humilde servidor, como diría usted, ha inventado algo? Se lo contaré en detalle.

—Escucho.

 Aunque la ciencia actual no reconoce los bucles, ya eran conocidos por culturas aborígenes. El mito filipino habla del Tikbalang, criatura con cabeza y patas de caballo que extravía a los viajeros haciéndolos regresar siempre al mismo lugar. La solución era colocarse una prenda del revés. Para mí, esa intuición escondía un conocimiento profundo sobre la geometría del espacio y el tiempo.

¿No es curioso que para fabricar una cinta de Moebius haya que dar media vuelta a la tira antes de pegarla? Una de sus propiedades es que, al desplazarse, se vuelve al punto de partida con la orientación invertida. La cinta de Moebius no es otra cosa que un bucle. Y podría estar ofreciéndonos una pista que los antiguos ya conocían.


Ser "tocado" por el Reality es una experiencia que yo no recomendaría a nadie con firmes convicciones  sobre cualquier cosa. Investigar o cuestionar la naturaleza de la realidad es algo que la humanidad viene haciendo desde tiempos remotos, desde los filosofos griegos hasta los físicos cuánticos. Algo muy diferente es experimentar esa naturaleza en carne propia. El choque ontológico puede ser inmenso. Por esto supuse que mi amigo se había quedado "tildado" con un detalle aparentemente insignificante como la temperatura de la coquita helada de Susy. Pero ahora lo veía claro: esa inocente latita era el residuo de otra capa de la realidad, sobreviviente de un naufragio en el espaciotiempo, un trofeo que Susy exhibía no como un premio a la honestidad de Danilo (se entendia ahora la sorna de Lucas al presentarlo como "un honesto"), sino como un gesto triunfal de quien ha salido con vida del laberinto. Pero si ella no era parte del staff del Reality sino victima, ¿por qué actuaba su victoria para la cámara? 

Comprender el significado profundo de la coquita helada de Susy me dio escalofríos y hasta fiebre. Puede haber tenido algo que ver que, mientras experimentaba esta epifanía, me sorprendió un helado chubasco al salir del supermercado. Y no era casual. En ese supermercado se presentó el CCM del capítulo 6, La edición infinita, intentando cerrar la sesión del Reality. A pocas cuadras de allí, años después, irrumpió el minimercado que no existía, tras la subida del track de la zona franca, en un irresponsable experimento al cual mi amigo había accedido sin pestañear, incluso con alegría, poniendo su GPS al servicio de una curiosidad infinita.  Ahora, en mi afiebrada visión, lavada de todo prejuicio por la lluvia torrencial que no cedía, la coquita de Susy era el hilo conductor que unía los nodos del Reality: el café Chaflán, el albergue Piedra Blanca, el bar de la moza que escuchaba Mozart, el supermercado de los CCM, el minimercado de la zona franca...Todos eran locales comerciales o de mero registro (como el albergue) aparentemente normales que fungían como bocas de expendio del Reality. ¿Desde cuándo operaba? Al no estar limitado por el espacio y el tiempo convencionales, parecía lógico suponer que desde que la humanidad empezó a comerciar y registrar sus transacciones.

Y mientras avanzaba con el agua hasta las rodillas, en un estado de éxtasis casi gripal, oia los ecos cada vez más claros de un mercado demasiado antiguo, donde posiblemente había comenzado la historia.

Era un día cualquiera en un mercado fenicio: puestos de telas, especias, ungüentos, esclavos; la gente negociando a los gritos; el olor a pescado y a incienso mezclado con sudor humano. Un hervidero. Pero más que un mercado era una red: cada transacción era también un mensaje, una marca de presencia, un nodo que enlazaba puertos lejanos.

La coca helada en la montaña no es distinta de la púrpura de Tiro o del vidrio de Sidón. Es mercancía.

El Reality comercia con nosotros sin que nos demos cuenta. Nos hace entrar en sus bazares camuflados y salir con un contrato firmado en la mano, aunque creamos que es solo una gaseosa. El contrato está impreso con tinta invisible y en un lenguaje casi indescifrable. Sin pedirlo, sin poder evitarlo, nos obliga a actuar. No hay promesa de paga ni garantía de satisfacción. 

El puerto de Biblos, las velas blancas hinchadas por el viento, mercaderes descargando ánforas mientras otros anotaban en tablillas. Las tablillas eran el GPS. Los tracks las rutas de navegación comercial. Y en medio de ese bullicio, flotando como una sombra anónima, el Reality. Sin rostro, sin bandera, sin nombre, pero presente en cada transacción.

La red comercial del Reality no empezó con nosotros ni con Susy ni con Lucas. Está ahí desde que los fenicios transformaron un molusco azul en una tinta roja que los hizo ricos y famosos. Quizás por eso el GPS cambió su menú de azul a rojo y a perfil marino. No era un error técnico: era la historia desplegándose ante nosotros. Era el Reality, editándonos en vivo.