—Tengo que hablar con usted.
—¿Cómo le fue en el Champaquí? —pregunté.
—Me fue bien, pero ocurrió algo muy extraño.
—Es complicado. Extravié el GPS. Me encontré con un tipo igual al aclamado galeno..., que me hizo hablar por teléfono con otro que supuestamente tenía el GPS pero no apareció nunca y…Bueno, es largo. Dígame cuándo puedo ir. Quiero que examine el GPS.
—Finalmente lo recuperé.
—Al contrario, diría que anda mejor que antes.
—No estoy entendiendo.
—Cuando le cuente va a entender menos.
—Me está entusiasmando.
—Espero que le dure. ¿Cómo andan de comida sus gatos?
—Siempre preguntan por usted.
—Dígales que salgo para allá.
Así comenzó todo, con una charla en apariencia intrascendente. Ninguno sabía, por entonces, que ingresábamos a un reality del cual nadie había oído hablar, y del cual no sería nada fácil salir.
«A las seis en punto de la mañana del 17 de mayo de 2021, cuatro camaradas y yo partimos en dos autos —una camioneta Peugeot y un Fiat Grand Siena— por la ruta provincial número cinco hasta la rotonda que lleva a La Cumbrecita, tomamos la bifurcación hacia Villa Alpina y nos reunimos en el portal de ingreso al cerro Champaquí, con el propósito de escalarlo y hacer cumbre.
«La camioneta llegó a las 9:05. El Fiat, donde viajaba yo, a las 9:10. Minutos después comenzaba la marcha.
«Voy por delante de mis compañeros marcando el rumbo. La primera parada es un claro, que se abre a través de un espeso bosque de pinos. Lo bordea un arroyo, y me detengo aquí para cargar la cantimplora y encender el GPS.
«Lo busco en el bolsillo de la mochila donde lo guardé la noche anterior, pero no hay nada. Compruebo rápidamente que todos los otros bolsillos están cerrados. Vuelvo a recorrer mentalmente el camino que hice: al llegar me detuve en el albergue Piedra Blanca, que ese día estaba cerrado. Saqué una botella del bolsillo exterior de la mochila y la llené de agua. No hay razón para pensar que el GPS se me haya caído
“Después del café en el Chaflán desaparecieron todas las molestias y llegué al claro en apenas diez minutos, así que calculo que que son las nueve y veinte cuando constato que mi GPS no está donde lo dejé”.
Danilo del Arca no puede saber que desde las 9:22:53 su desaparecido GPS ha comenzado a grabar un track. Es una de las principales funciones de un GPS, grabar tracks, rutas que el dispositivo puede crear o seguir. Un track sirve para mapear terrenos desconocidos, señalar puntos de interés, compartir el trayecto realizado y venir al rescate donde todo rastro del camino se pierde. Lo que importa aquí es que el GPS extraviado ha comenzado a grabar un track. Quienquiera lo haya encontrado está dejando una huella. Ahora bien, ¿quién dejaría una huella en un GPS extraviado que acaba de encontrar y por qué?
Por supuesto, aún no estábamos en condiciones de entender que esa no era la pregunta correcta. No era quién sino qué. Mejor aún, la pregunta que debíamos formular era: ¿se había extraviado el GPS? Todo el tiempo hubo una pista que asomaba, esquiva e irónica, que no pudimos o no quisimos ver. El track había comenzado a grabarse en el preciso momento que Danilo abrió la mochila y descubrió que el aparato no estaba.
Este hecho aislado podría haber pasado por una inquietante casualidad. Pero este perverso mecanismo de relojería no estaba meramente al principio. También coronaba, y de la forma más flagrante, el final del track. Y en ambos casos, la señal del GPS estaba lejos de los protagonistas. Como si observara. Como si hubiese logrado escapar de su propia naturaleza transformándose en una especie de cámara de televisión. Había iniciado su escaneo —el track— al mismo tiempo que Danilo atestiguaba su desaparición, sí, pero a once kilómetros al este de donde se encontraba. Como un búmeran, el GPS regresaba desde un lugar a donde nunca fue, hacia un lugar del cual nunca se pudo haber ido.
Por milésima vez examino el registro y noto algo en lo que no había reparado antes.
—Vea esto —le digo a mi amigo—. Hasta que usted llega al claro, el track se mueve a unos veinte kilómetros por hora, la velocidad típica de un auto en esa ruta. A las 9:40, cuando usted ya salió del bosque, preguntándose donde está su GPS y se encamina a la tranquera, la velocidad del track se reduce durante cuatro minutos.El vehículo disminuye la velocidad, pero no se detiene.
—Supongo que lo están observando.
—Unos seis kilómetros.
—Obviamente no están usando prismáticos.
—No, estimo que prefieren la televisión.
El registro indica que a las 10:03 el GPS ha llegado al portal de ingreso. Cuando esto ocurre, la gráfica de velocidad divide al track en dos: la primera fase parece desplazarse en un vehículo; la segunda a pie.
—Da la impresión de que alguien baja de un auto en el portal a las 10:03 —observo—. ¿Dónde está usted a esa hora?
—Me aproximaba a la tranquera. A punto de encontrarme con la pandilla del clon del afamado galeno.
Mientras va saliendo de la ficción del bosque a la realidad de la sierra, de la sombra europea de pinos y abedules a la luz que alumbra al tabaquillo autóctono en peligro de extinción, Danilo decide que revisará mejor la mochila durante la próxima parada. Afortunadamente para él, no tiene idea de lo que pasa tras bambalinas; supone que el GPS debe estar en la mochila ya que no hay forma de que se haya perdido. Atraviesa una tranquera a la que sigue una curva detrás de la cual otro grupo de expedicionarios, a quienes no conoce, le traen noticias. El final de la curva los descubre en todo su decadente esplendor. Son, al igual que su grupo, cinco miembros visibles en total.
El auto del que venía bajando se detiene en el portal a las 10.03 (hora argentina), 01:03 p.m. hora GMT
La pandilla está conformada, al igual que su grupo, por cinco miembros visibles. Hay algo esencialmente falso —simulado, calculado, escenificado, artificial— en esta aparición: una especie de simetría que se repetirá una y otra vez al analizar el track que en ese preciso momento está grabando el GPS perdido.
«Están todos alineados y avanzan, dos morochos a cada lado de un gringo voluminoso.que habla por teléfono. Es más alto que el resto y está vestido como para opacarlos, con un pantalón cargo caqui y una campera roja, en tanto sus laderos se desdibujan como manchas de azul pálido y beige. El gringo evidentemente es el líder.
«Al principio le encontré cierto parecido con el médico de la fábrica donde trabajaba. Tras un examen más atento me di cuenta de que parecía su hermano gemelo.
—Si no me equivoco, usted me comentó que un día lo vio merodeando por su barrio. ¿Recuerda el hecho?
—Fue en 2014. Un día abrí la puerta del garaje y el venerable galeno pasaba caminando por mi vereda, así que lo saludé y le pregunté si me estaba buscando. Todavía era el gringo piola, no la lacra que devino luego. Respondió que se estaba ganando un dinero extra trabajando para una compañía de salud privada.
—Bien. Tenemos al clon del afamado doctor y sus cuatro laderos. ¿Cómo fue el encuentro?
—Fue algo muy teatral. El clon detuvo la marcha y los dos que tenía a cada lado se apartaron, de la misma forma que un grupo de extras se corre para dar paso al actor principal.
El falso galeno lo miró y, sin despegar el teléfono de la oreja, sonrió y le dijo a modo de saludo:
—Se te perdió algo.
No era una pregunta, era una afirmación. ¿Cómo podía saber este desagradable individuo que se le había perdido algo?
—Sí, perdí mi GPS —respondió Danilo.
—Lo encontró uno del grupo —dijo el clon y antes de que Danilo pudiera reclamar la devolucion, agregó: —Viene bajando.
El clon le extendió el celular, para que hablase con el que venía bajando.
—Hola.¿vos encontraste mí GPS?
—¿Cómo es tu GPS?
—Un Garmin eTrex 20 con un cordón amarillo.
—Sí, yo lo tengo.
—Bueno. Cuando llegues al estacionamiento, vas a ver dos autos, un Fiat gris y una camioneta roja. ¿Me lo podrías dejar en la camioneta? Lo más disimulado que puedas.
—¿Una camioneta roja…?
—Una chata roja Peugeot.
—Ah, sí. La veo.
Si podía ver la camioneta, estacionada cerca del portal de ingreso, significaba que ya había terminado de bajar. Por lo tanto, debía venir muy adelantado a su grupo, al que le restaban unos cuarenta y cinco minutos para completar el descenso. ¿Cómo era posible que no se hubiese cruzado con él en ningún momento, ya que no hay otro camino para subir o bajar? A menos que lo hiciera por un camino alternativo que, hasta donde sabía, no existía. Como fuere, no se entendía dónde diablos había encontrado el GPS. Si venía bajando del cerro, no podría haber encontrado el GPS en ninguna parte del trayecto de Danilo, que venía subiendo, sin haberse cruzado con él. De haber podido ver al que venía bajando, otra pregunta lo hubiera asaltado. ¿Por qué estaba usando su GPS para grabar un track?
El registro de un GPS minimalista
—La señal del GPS —observa mi amigo— viaja por la misma ruta que atravesamos una hora antes rumbo al Champaquí. Pasamos por el punto de inicio del track más o menos a las ocho y media. ¿Puede explicar por qué el recorrido empieza tan lejos?
Por supuesto que no puedo. La vista satelital muestra un paisaje desolado de altos pastizales y piedras. El registro indica que la grabación se inició once kilómetros al este del portal de ingreso. En efecto, el GPS parece estar volviendo, como un búmeran, desde un lugar a donde nunca fue.
¿Cómo llegó el GPS tan lejos? ¿Por qué está grabando el recorrido? Son preguntas que sólo podemos hacernos ahora, y es fácil razonar que sólo pudo haberse caído en la ruta.
—De ninguna manera —objeta Danilo—. No puede haberse caído en la ruta. El GPS va dentro de la mochila guardada en el baúl. El baúl no se abrió hasta que llegamos al portal.
—Entonces tenemos un problema porque tampoco puede haberse caído en el cerro.
Según el registro, a las 10:11 el GPS está en el restaurante de Alta Montaña, lo cual parece indicar dos cosas: que el que venía bajando ya habló con Danilo y que está buscando un lugar seguro donde dejar el artefacto.
La etapa del trayecto a pie muestra una suerte de caminata al principio lógica y luego muy extraña. A las 10.15 ya ha regresado de su aparente búsqueda de un sitio seguro para dejar el GPS y se instala a metros del albergue Piedra Blanca.
La señal permanece moviéndose erráticamente en un radio de unos veinte metros al norte del albergue Piedra Blanca hasta las 11:30, momento en que se ubica 4 metros al norte del albergue y ocurre un cambio físico en el GPS.
A 11:30:12, mientras la expedición almuerza en el puesto Moisés López, el menú del GPS cambia de color: de azul, a rojo. El archivo modificado corresponde al perfil “marino”, que habitualmente se utiliza para desplazarse en el agua.
—Parece que sus amigos —le digo— salieron a pescar.
—¿A pescar hombres, como el galileo?
—Yo diría que más bien es pesca deportiva. Pesca forteana, si quiere. No importa. ¿Qué ocurrió después?
«Aproximadamente a la una de la tarde, se me adelanta un paisano que sube a lomo de mula, en dirección al refigio Los Soles, donde nuestra expedición pasará la noche. Le propongo que baje hasta la camioneta y me traiga el GPS de vuelta. Le ofrezco por la tarea una paga que seguramente supera su ganancia del día. El hombre accede. Por la noche el paisano se presenta en el refugio y me informa que en la camioneta no hay nada».
El track le da, aparentemente, la razón al paisano. El registro indica que el GPS se acercó en algún momento a la camioneta, estacionada a unas dos cuadras del portal, pero continúa moviéndose. Esto no debería ocurrir si hubiese sido depositado. Luego se dirige hacia el restaurante de Alta Montaña y regresa al albergue a las 10:15. Desde entonces hasta las 11:46:49 del 17 de mayo, cuando termina el track, parece estacionado, pero un zoom nos muestra que se mueve de una forma errática y muy lenta entre el albergue y el portal.
—¿Cómo explica este lento rebote entre el albergue y el portal?
—Podriamos pensar que el que venía bajando depositó el GPS encendido en la camioneta, y que los movimientos erráticos se producen por una posición inestable del artefacto. Pero la distancia entre el albergue y el portal es de doce metros. No puede ser un objeto inestable. Más bien da la impresión de que su GPS está pivotando en el vacío dentro de una zona reducida.
—¿Podría ser el que venía bajando? Y en ese caso, ¿por qué va y viene entre el albergue y el portal por más de una hora?
—El movimiento recuerda al de un insecto. Como si el GPS hubiese perdido peso y flotara ingrávido.
—¿Está sugiriendo que quien robó mí GPS está usando nanotecnología?
—No dije eso. Pero es una idea fantástica y no la descartaría. Si lo que se mueve así es una persona, parece estar esperando algo. Está muy nervioso o…, bueno, ha enloquecido.
—¿Y dónde encontró mi GPS?
— Como usted dice, el GPS no se puede haber caído en la ruta. Pero tampoco se puede haber perdido en el cerro. Supongamos que lo extravió apenas llegó a las 9:10. El track empieza a las 9:22. Esos doce minutos, ¿alcanzan para llevar el GPS al punto de inicio del track?
—Claro que no. Se necesitan entre veintiocho y treinta y cinco minutos en auto para cubrir esos once kilómetros. A menos que lo haya encontrado un demente que salió disparado a toda velocidad.
—De ida y vuelta son 22 kilómetros. El demente tendría que haber ido a más de 100 kilómetros por hora. No parece gran cosa para un auto pero…
—Esa ruta es muy difícil. Un auto no podría ir a más de 30 kilómetros por hora. Y ese es precisamente el tope que marca la gráfica de velocidad. ¿Podría ser una moto?
—En auto o en moto —respondo—, un ladrón no lo devolvería, menos después de grabar un track.
—Entonces, si exceptuamos la hipótesis del ladrón arrepentido, el GPS no se puede haber perdido en la ruta y tampoco en el cerro.
—Exactamente. Si vamos a creerle al track, y es lo único que tenemos, el GPS no puede haberse perdido en ninguna parte.
Pero el GPS sí se había perdido: el que venía bajando aseguraba haberlo encontrado.
Un café demasiado mágico
—Ustedes se detuvieron en un café a las 7:20, ¿verdad?
—Sí, nos detuvimos veinte minutos en el café Chaflán, que está sobre la rotonda de donde sale el empalme para Villa Alpina.
—Durante ese tiempo, ¿mantuvieron el Fiat a la vista?
—El café tiene un amplio estacionamiento; así que no estuvimos pendientes de los autos. De todos modos, si alguien abrió el baúl y robó el GPS de la mochila, tuvo que sortear el cierre centralizado del baúl.
—Mientras estuvo ahí, ¿ocurrió algo fuera de lo normal, por mínimo que sea? ¿Algo que le llamara la atención?
—No que yo recuerde.
—¿Circulaba gente en la calle?
—Poca gente. Era una mañana de otoño en las sierras.
—En el restaurante, ¿había otros parroquianos?
—Sólo un par de personas más. Parecía gente normal. Turistas, tal vez.
—¿Y usted? ¿Cómo se sintió mientras estuvo en el café…?
—Buena pregunta, porque la respuesta es…De pronto, me sentí demasiado bien.
—¿Usted no se sentía bien cuando llegó al café?
—Aquella mañana partí con fuertes molestias en la pierna por un desgarramiento sufrido una semana atrás, llegando a solicitar dos días de carpeta médica en el trabajo.
—Supongo que se la concedió su venerado doctor Cretini.
—Él en persona.
—¿Cuándo fue esto?
—Días antes de la expedición. Mi médico personal recomendó tres días de reposo, pero Cretini sólo me extendió dos, miércoles y jueves. No tuve necesidad de exigir la licencia del viernes porque ese día la empresa avisó que no debíamos ir, ya que realizarían una desinfección.
—¿Qué clase de peste había?
—La paranoia de la pandemia.
—Vaya lugar más mugroso.
—Por favor, no omita en su crónica que trabajaba en una empresa top.
—¿Una empresa top que ocultaba las piezas falladas cuando llegaba la inspección?
Prosiga por favor.
—El lunes siguiente, como sabe, partimos hacia Villa Alpina. Pedí a mis compañeros que me tuvieran paciencia, porque no estaba en condiciones físicas óptimas y cuando entramos al restaurante las molestias en mi pierna seguían. Tras beber el café en la rotonda, de repente y sin explicación alguna, todo rastro de dolor o molestia desapareció. Incluso, aunque mis camaradas lo interpretaron como una indicación de que mi malestar era fingido, salí del local y di un par de vueltas a la rotonda, trotando a buen ritmo, para comprobar si realmente estaba tan bien como me sentía.
Alguien o algo quería que el protagonista del Reality estuviera en forma.
Susy no sabe donde está
A mediodía del martes 18 de mayo la expedición alcanza la cumbre del Champaquí, a casi 2800 metros de altura. Media hora después emprenden el regreso, que culminará en la tarde del miércoles 19 de mayo de 2021.
«A las cuatro de la tarde del 19 de mayo, faltando menos de quince minutos para llegar al puesto Moisés López, diviso una pareja que sube. Se trata de un hombre alto, de aspecto nórdico, que parece fisicoculturista y de una mujer morena, también alta y voluptuosa, a los que veo prodigándose demostraciones de afecto demasiado ardientes. Cuando me ven recobran la compostura. Sin saludarme, el hombre me pregunta si falta mucho para llegar a la cima.
«Le respondo que sí, que les conviene pernoctar en Moisés López y al día siguiente continuar.
A las 16:39:50, el GPS extraviado —que desde mediodía del 17 de mayo no registra nada— ha comenzado a grabar el segundo y último track.

El recorrido empieza cerca del portal de ingreso, hacia donde Danilo se dirige para esperar a sus compañeros. El registro muestra movimientos erráticos en un área reducida alrededor del portal.
«Siendo casi las cinco y cuarto de la tarde, en descenso, llego a la entrada del bosque y me siento sobre una piedra para fumar un cigarrillo, que nunca llegué a encender. Miro hacia un lado y veo un teléfono móvil en el suelo, al alcance de mi mano. Lo levanto y mientras me dispongo a examinarlo este suena».
—Parece algo controlado. Note cómo, tanto el 17 como el 19 de mayo, ocurren dos eventos notables cuando usted se encuentra en un área delimitada por el borde del bosque. En el primer caso, cuando sale del bosque sin su GPS, un auto reduce la marcha durante cuatro minutos, luego sigue avanzando por la ruta que lleva al portal. En el segundo caso, cuando se sienta sobre la piedra y encuentra el teléfono, diría que esto sucede en el mismo borde.
—Creo que sé a dónde apunta. Usted supone que estamos ante un área donde algo se desmaterializa, como el GPS, y se materializa, como el teléfono.
—Exacto. ¿Cuánto tiempo tuvo para examinar el teléfono antes de que sonara?
«Literalmente cero. Al levantarlo suena y en la pantalla del móvil aparece el nombre Susana, Susy para los amigos. Atiendo y saludo. Largo silencio. “Perdí el celular”, es lo primero que escucho. Le digo que yo lo encontré y le pregunto dónde está. Tras una larga pausa me responde. “No sé donde estoy”. La forma en que lo dijo me resultó conmovedora. Parecía extraviada, desvalida. Le pregunto si está en Villa Alpina. Tampoco sabe».
Danilo aguza el oído intentando captar el ruido de fondo. No escucha nada, pero tiene la sensación de que alguien le está dictando a Susy las respuestas.
«Le pido que mire a su alrededor y me diga si puede ver el cartel del Portal de Ingreso al Champaquí. Al fin parece que ve algo. Le digo que me espere ahí, que en quince minutos llego».
En cuanto Danilo se pone en marcha, los movimientos erráticos en la señal del GPS cesan.
Lucas, el continuista
«Parto a reunirme con Susy. Son las 17:20. Unos cinco minutos después me sale al paso un sujeto que sube al trote, extenuado. No lleva equipo ni ropa apropiada para escalar y deduzco que sólo está dando un paseo. Cuando aún media entre nosotros una distancia de tres metros, me mira y sin saludarme me dice: “Perdí mi celular”».
Vaya lugar más extraño. Parece que aquí nadie saluda y todos hablan de objetos perdidos. Danilo aún no sabe que se ha encontrado con Lucas, el continuista.
—¿Por qué cree que Lucas llegó corriendo a su encuentro?
—Tal vez porque había dejado a Susy sola esperando en el portal.
—A mí me parece que Lucas sabía que usted tenía el teléfono. ¿Cómo podía saberlo? Del mismo modo que el clon del galeno. Está gente parece tener ojos en todas partes Lo que no sé es si su prioridad era encontrarse con usted o sacárselo de la mano.
—No sé. Dijo que perdió el teléfono. Respondo que yo lo encontré, que hablé con Susy y le prometí llevárselo al portal. Entablamos una charla amigable mientras le explico que no puedo demorarme porque me aguardan mis compañeros. Me sigue y me cuenta que empezaron a escalar el cerro con Susy, pero se dieron cuenta de que la cumbre estaba muy lejos y se volvieron. Supongo que fue entonces cuando perdió el teléfono. Lucas me pregunta en cuánto tiempo se llega a la cima. Le respondo que una escalada completa entre ascenso y descenso requiere como promedio tres días. Le muestro el celular y se lo entrego. Ahora me doy cuenta de que fue un error. Tendría que haberlo puesto a prueba. No sé por qué pero se lo di.
«Lucas pregunta por mis camaradas. Le digo que son compañeros en la autopartista donde trabajo. Afirma que unos años atrás dio en la empresa un curso. Curiosa coincidencia, yo estuve entre los asistentes. No recuerdo a Lucas pero sí la temática, que era rodamientos SKF. Transcurridos unos minutos me pide que nos detengamos porque se clavó una espina.
«Encontrar el teléfono en el lugar donde me senté y que este sonara apenas lo levanté era una coincidencia llamativa; que Lucas, el dueño del teléfono —aparentemente el novio de Susy, la mujer que había llamado—, hubiese dado un curso al que asistí ya era bastante raro, pero la aparición de una espina en un lugar que conozco y donde sé que no hay me puso en guardia. Lucas se disculpa por estar retrasándome, mientras se quita el calzado pero no las medias. Si había una espina, nunca la vi. Tras un par de minutos continuamos».
Quizás el buen Lucas quería descansar. O tal vez estaba haciendo tiempo para cumplir con un horario preestablecido.
La reunión en el portal
En el portal de ingreso al Champaquí Lucas y Danilo se reúnen —según el registro del GPS a las 17:31— con Susy. Viste una campera chaleco roja y unas calzas negras ajustadas. Danilo la describe parecida a Semjase, una supuesta extraterrestre cuya fotografía aparece en muchos libros y sitios de internet ilustrando la interminable saga de los contactos de Billy Meier con los pleyadianos. ¿Qué tenía que hacer una figura tan vapuleada como Semjase aquí?
“Yo diría que es una asociación inconsciente. Villa Alpina fue literalmente plantada por inmigrantes europeos que querían recrear el paisaje natal. Este paisaje evoca aquel otro donde el suizo supuestamente encontró a su musa galáctica. Pinos, abedules, cabras…La suma de hechos extraños y coincidencias a esta altura empezaba a sentirse como algo irreal. De ahí la comparación”.
—¿Podría enumerar esos hechos?
—Primero, la desaparición del GPS. No encontraba una explicación lógica de dónde y cuándo se podía haber perdido. Segundo, la aparición de un sujeto idéntico al médico de la fábrica, con el cual no tenía una buena relación: me resultó inquietante. Tercero, la conversación con el que venía bajando, al que esperaba cruzarme y nunca apareció. Cuarto, el hallazgo del teléfono. Uno no espera encontrar uno en medio de la nada. Quinto, la llamada de Susy. Fue demasiado instantánea. Sexto, la aparición de Lucas…, y séptimo, la forma en que terminó todo.
Son las 17.35. El registro indica que a esa hora el GPS está a escasos metros, no más de treinta, al norte del portal.
—¿Dónde está usted a las 17:35?
—Llego con Lucas al portal donde nos está esperando Susy, aparentemente muy tranquila, de brazos cruzados.
Lucas presenta a Danilo como “un honesto”, por no haberle robado el teléfono y ella lo saluda con un choque de puños, como era habitual en la época de la pandemia de coronavirus. Conversan unos minutos y Lucas se retira a buscar su automóvil, estacionado cincuenta metros al este del portal.
—Bien. Lucas se retira a buscar el auto. Susy debería haberlo acompañado, ¿verdad?
—No necesariamente. Lo llamativo no es que se quedara, sino que me siguiera.
La coquita de Susy
Susy no se va con Lucas. No hay más coches ni más gente en la escena. Villa Alpina no tiene más de cincuenta habitantes permanentes y además es un miércoles; las hordas turísticas llegan los fines de semana.
“Cuando planeamos la expedición” me ha dicho Danilo en repetidas ocasiones, “decidimos ir un día de semana para no encontrarnos con seres humanos…Y hoy creo que esto resultó estrictamente cierto”.
Al ver que Susy se quedó y justificándose por la descortesía de alejarse rápidamente, Danilo le explica sin detenerse que debe buscar un GPS extraviado, que tendrían que haberle dejado en la camioneta. A una cuadra de su objetivo le parece que Susy lo viene siguiendo, un poco por detrás, pero no se vuelve. Aprieta el paso y llega a la camioneta. Empieza a revisar los ángulos de la caja, uno por uno. Es una operación que le demanda tres segundos porque no ve nada.
Son las 17:48 pasadas. El segundo y último track termina su grabación. Nadie puede verlo, pero el registro indica que en ese momento el GPS está inconvenientemente lejos, a un kilómetro al este de la camioneta. Sin embargo esa distancia no será un obstáculo para la magia de Susy.
Antes de que pudiera examinar el último rincón de la camioneta y dar el GPS definitivamente por perdido, Susy aparece —junto al lado de la camioneta que faltaba revisar— y le pregunta: “¿Es éste?”, extendiéndole el artefacto extraviado, al tiempo que saca de alguna parte una latita de coca cola y se la entrega como premio, aparentemente, a su honestidad. Según Danilo, ella le ofrece ambas cosas a la vez: en una mano el GPS y la coquita en la otra.