Este será un viaje inolvidable, porque vamos a penetrar en el mismo corazón del Reality. Aplicando ingeniería narrativa inversa al gesto triunfal de Susy cuando entrega el GPS, descubriremos a qué juegan los participantes, cuáles son las reglas y qué estrategias utiliza cada uno.
El juego dentro del juego
Los personajes del Reality en la montaña no están realizando un experimento. Saben que están participando en un reality show y, como en todo reality, están compitiendo.
La justa se llama “La búsqueda del tesoro cuántico”, y consiste en hallar un objeto perdido: el GPS.
Pero para jugar, primero hay que secuestrar a una víctima. El Reality lo hace con maestría. A la víctima se la llama eufemísticamente “el invitado”, y en este caso es, por supuesto, Danilo.
Cada jugador dispone de una sola oportunidad para inducir al invitado a que los conduzca al hallazgo.
El invitado, sin saberlo, no puede ganar: su destino es buscar un tesoro que nunca encontrará —a lo sumo, recibirá una latita de Coca-Cola como consuelo.
¿Por qué lo harían así?
Porque el algoritmo del Reality es quien decide, mediante la interacción entre cada participante y el invitado, cuál es la probabilidad de colapsar la función de onda y materializar el GPS.
La máscara
En un entorno cuántico, la inducción psicológica se multiplica cientos o miles de veces.
Como los jugadores no pueden decirle abiertamente al invitado que los lleve hasta el objeto perdido, deben lograrlo mediante subterfugios y estímulos inconscientes.
Cada participante cuenta con una ventaja: la máscara.
El propósito de la máscara es provocar en el invitado una reacción emocional precisa, que active el vínculo cuántico adecuado.
Así, uno de los jugadores adopta la apariencia del médico laboral que Danilo detesta. No busca empatía, sino una reacción visceral.
El clon del galeno lo interpela con un “se te perdió algo”, aunque el invitado aun no sabe qué se le perdió y de ese modo instala el patrón maestro de la competencia: la disonancia cognitiva.
El invitado queda en alerta, vulnerable, listo para ser conducido sin saberlo.
La disonancia como motor del Reality
Cada jugador intenta manipular al invitado con su propio estilo.
Uno de ellos encarna a un personaje que “viene bajando y nunca termina de bajar”, provocando con esa paradoja el cortocircuito que puede darle puntos ante el algoritmo.
Una pareja aparentemente casual —una morena voluptuosa y un fisicoculturista que se prodigan caricias excesivas y ríen sin motivo— le pregunta a Danilo si falta mucho para la cima, cuando hasta el más despistado sabría que faltan al menos dos días.
Lucas, en cambio, adopta la máscara del conferencista que dio una charla sobre rodamientos en la fábrica donde trabaja Danilo. Él efectivamente asistió a esa charla, pero no recuerda haberlo visto. La duda ya está sembrada, y la disonancia vuelve a cumplir su papel.
Ninguno de ellos logra encontrar el tesoro. Solo Susy lo hará.
Veamos cómo.
La llamada
Como toda competidora, Susy tiene derecho a una llamada. La hace, por supuesto, en modo cuántico.
Danilo se sienta en una piedra, a punto de encender un cigarrillo. Antes de hacerlo, mira al suelo y ve un teléfono que no estaba allí un segundo antes. Susy acaba de materializarlo, como quien arrastra un ícono fuera de una pantalla hacia la realidad.
Danilo, sorprendido, lo toma.
Y en ese preciso instante, el teléfono suena. Él atiende. Susy dice que perdió su teléfono.
—¿Dónde estás? —pregunta Danilo.
—No sé dónde estoy —responde ella.
No es un acertijo ni un mensaje críptico. Tampoco un delirio. Es pura estrategia creativa.
El entrelazamiento
La jugada de Susy es brillante.
Al decir “no sé dónde estoy”, lanza una disonancia cognitiva de primer orden y, al mismo tiempo, establece una identidad cuántica con el objeto perdido.
Ella se convierte simbólicamente en el GPS: un ente que tampoco sabe dónde está, suspendido en un estado de indeterminación a la espera de que la función de onda colapse.
No se trata de un truco mental para Danilo, sino para el algoritmo del Reality.
El plan funciona: Danilo siente que debe acudir a ella, ayudarla, encontrarla. Y al hacerlo, se entrelaza también con el GPS.
Cuando llega a la camioneta y solo falta un rincón por revisar, Susy aparece allí, con el GPS en una mano y una lata de Coca-Cola en la otra.
—¿Es éste? —pregunta.
La frase no es casual: el Reality exige confirmación del invitado para validar el hallazgo ante el jurado invisible.
Danilo lo confirma. A juzgar por la pose de autocelebración de Susy, hay una audiencia que la ovaciona, pero es inaudible.
El espectáculo ha llegado a su fin.
La ética del Reality
La suma de disonancias, paradojas y máscaras que se despliegan sobre el invitado podría devastar cualquier psique.
Pero esa es la ética del Reality: el invitado que nunca fue invitado no puede saber que no fue invitado, y sin embargo debe actuar como si lo hubiera sido. Participa en un juego sin saber que participa, y al hacerlo, mantienne viva la ilusión del libre albedrío .
De vuelta a la realidad, o no
Aunque nuestra deducción —construida a partir de una ingeniería narrativa inversa— no reproduzca con exactitud lo sucedido, revela indicios concretos que no pueden pasarse por alto.
El Reality, al exponer así las actuaciones de sus personajes, deja entrever algo inquietante: una estructura psicológica grupal, cuando no una estrategia colectiva de interferencia y manipulación.
Por alguna razón, las máscaras adoptadas interpelan al invitado con datos biográficos o circunstanciales que no deberían conocer, provocándole una disonancia cognitiva acumulativa, como si quisieran poner a prueba hasta dónde puede resistir.
Como no parece haber una intención explícita de hacerle daño, la presión ejercida sobre el invitado parecería sólo un medio para lograr un fin.
Un fin que sólo podemos adivinar.
Información privilegiada
Los participantes del juego —si no es un juego, al menos hay una atmósfera común: “acá nadie saluda y todos hablan de objetos perdidos”, decíamos en el primer capítulo— no se diferencian en principio de personas normales hasta que se los observa con atención.
No hacen grandes prodigios que permitan atribuirles una naturaleza distinta de la humana, pero actúan de modo sospechoso y parecen contar, al menos, con información privilegiada.
El clon del galeno no sólo sabe quién ha perdido algo: lo aborda y se lo comunica antes de que el propio involucrado esté seguro del extravío.
Lucas, un desconocido para el protagonista que irrumpe “casualmente”, sabe que Danilo asistió a una conferencia sobre rodamientos dada en la empresa y se presenta como uno de los disertantes.
Nadie sabe dónde está el GPS, pero Susy sigue a Danilo sigilosamente cuando se dirige a buscarlo en la camioneta y, en el último segundo, lo “encuentra” antes que él.
Ese es el hilo visible —saber lo que no deben— que une a los personajes. Pero hay otro más sutil, profundo y abrumador.
La edición de la realidad
La aparición del teléfono justo al lado de la piedra donde el invitado se sienta a descansar —y que suena instantáneamente al ser recogido— podría parecer una coincidencia extraña.
Pero si pensamos que el teléfono aparece en la misma zona geográfica (los límites del bosque) donde se constata la desaparición del GPS, y que ese momento marca el inicio de un track que el GPS perdido registra a once kilómetros al este —donde nunca se pudo haber ido para desandar el camino—, y que el anuncio del clon del galeno ocurre cuando el GPS ha "regresado" al portal, momento en el que la velocidad del registro pasa de la típica de un auto a la de una caminata; si recordamos que el cambio de perfil del GPS ocurre tras una interrupción de diez minutos en el registro; si observamos que e track del 17 de mayo termina donde comienza el track del 19, como si alguien apretase el botón de pausa y luego de grabación, entonces las coincidencias son algo no sólo planificado, sino sujeto a un sistema de control extremadamente preciso.
Es justamente ese registro, el track Villa Alpina, lo que nos permite descartar que todo haya sido una experiencia onírica o alucinatoria.
Si ese registro fue intencional, o parte de un proceso que por error o sabotaje no pudo ser borrado, sigue siendo motivo de análisis y discusión.
En cualquiera de los casos, constituye evidencia de una intromisión extremadamente inusual.
Como venimos viendo en capítulos anteriores, esta evidencia apunta a lo que podemos entender como un mecanismo de edición de la realidad.
Si la realidad es editable, muchas nociones que teníamos por inamovibles deben ser revisadas.
Y si la realidad es editable, en alguna parte están los editores: seres o inteligencias que, por su misma naturaleza, podrían no ser reales, al menos en el sentido en que los humanos concebimos lo real.
¿Hemos visto, por puro accidente, el rostro y el script de los editores? ¿Deberíamos barrer bajo la alfombra de la razón una experiencia sólo porque es inexplicable? ¿O deberíamos tomarla como advertencia de un futuro tiránico que nos espera si no hacemos nada al respecto?
