Un track del 14 de abril de 2021 revolotea unos diez minutos en las inmediaciones de la casa de Danilo. En este caso, el o los autores —algo demasiado preciso para ser humano, demasiado irónico para ser una máquina— decidieron borrar un pequeño tramo que marcaba el punto de largada. Lo sabemos porque el mapa completo fue recuperado automáticamente, cierto tiempo después, por el dispositivo. En la dirección borrada había una casa prefabricada que fue demolida a mediados de 2022. Al parecer, nuestros amigos intentaban demoler, con limitado éxito, todo rastro de sus actividades.
La escena parece sencilla, pero no lo es. El track —uno recuperado en 2023, es decir retroactivo— funciona como un plano que muestra a la vez la casa demolida, el intento de suprimir su existencia y otro track que la contradice. Una doble exposición entre lo que se quiso borrar y lo que reaparece. Es la huella de un sistema que parece atacado por su propia edición: el mecanismo que corrige la realidad comienza a naufragar, tras alcanzar su propia cumbre y descubrir en ella una inesperada laguna.
Los borradores del sistema
Con el tiempo se hizo claro que este no era un caso aislado. Otros tracks mostraban anomalías similares. La mayoría apareció después del hallazgo del Villa Alpina, aunque algunos eran anteriores. En abril de 2021, por ejemplo, el GPS recuperó de manera espontánea varios trayectos de enero de ese mismo año, rondando entre la casa de Danilo y la mía.
Estos trayectos eran esbozos tentativos de lo que luego sería una obra maestra de la geometría hiperdimensional y la cartografía chismosa: el subtrack de la zona franca, que une ambos territorios (elaborados con los patrones de nuestras caminatas) y delimita el área con un contorno grueso, como si fuera una ciudad en la división política de un mapa. El subtrack quedó listo el 11 de abril y fue incrustado en el track Villa Alpina, pero los borradores de enero emergieron discretamente en la carpeta Archive a lo largo de abril, lo que sugiere que los episodios no están dispersos sino entrelazados, como capas de una misma película que se revelan en distinto orden.
El análisis del Villa Alpina prporcionó algo más: dentro de su código fuente se ocultaban veinte subtracts perfectamente fechados, todos de 2021. Dos de ellos coincidían con los días de la expedición al Champaquí, el 17 y el 19 de mayo. Esos fragmentos estaban camuflados dentro del track, como si hubieran sido añadidos después.
El track “donado” en las extrañas circunstancias de la expedición aparentaba ser un trayecto único y sólo al acceder a su código fuente se revelaba lo que en realidad era: veinte trayectos bien diferenciados, algunos de ellos imposibles, realizados en un periodo de 84 días. El propio nombre del track (TRACK_Villa Alpína.gpx) decía, con un guiño tranquilizador, que había sido bautizado por un humano. El dispositivo antepone TRACK_ seguido de la fecha y la hora para los tracks automáticos, y TRACK_ seguido de cualquier nombre cuando un usuario lo escribe.
Se podía pensar, de este modo, que el track no era un error generado automáticamente. Sin embargo, la elección de este nombre es mucho más que una referencia geográfica. ¿Por qué no se llama Expedición Champaquí, o 19 de mayo, o cualquier otra cosa por el estilo?
Cuando Danilo encuentra el teléfono que suena instantáneamente, y Susy le dice que perdió el teléfono, él pregunta: “¿Dónde estás?”
Silencio.
“¿Estás en Villa Alpina?”, insiste él.
Susy responde: “No sé dónde estoy”.
El nombre había sido tomado del diálogo. Al parecer ni Susy ni lo que sea que estuvo operando en la montaña sabían dónde estaban. Pero el mecanismo del Reality estuvo registrando la banda sonora de todo lo que ocurría desde que secuestró el GPS hasta que lo devolvió.
Ahí surgió la pregunta inevitable: el Villa Alpina ¿fue un registro genuino o una reconstrucción retroactiva? Para hacerlo aún más complejo y desconcertante, el último subtrack empieza en el instante en que Danilo descubre la pérdida del aparato y termina en el momento en que Susy se lo entrega. El GPS no sólo grababa, borraba y recomponía; lo hacía en tiempo real, con una precisión pasmosa.
Los veinte subtracks cubren exactamente 84 días, desde el 25 de febrero hasta el 19 de mayo de 2021. No es un número casual. Son doce semanas justas (12 x 7), como un ciclo de rodaje, con un día faltante —los viernes— que podría equivaler al día de descanso de un equipo técnico. La perfección del patrón sugiere que no se trata de un conjunto de trayectos dispersos, sino de una estructura cuidadosamente planificada, una especie de calendario oculto dentro del archivo.
El rodaje invisible
El descubrimiento de que los 84 días del Villa Alpina equivalen a una temporada completa, con los viernes ausentes como jornadas de descanso, o días de guardar, cambia la escala del hallazgo. Lo que parecía una serie de tracks desordenados obedece a la lógica de un plan de filmación. Cada subtrack podría ser una sesión de rodaje; cada anomalía, una toma alternativa. No hay improvisación: hay cronograma.
El Reality, comprendimos entonces, no solo edita los hechos: los ensaya. La montaña, la desaparición del GPS, la filtración del track, incluso este intento por descifrarlo, podrían ser rondas sucesivas de un rodaje que nunca terminó. La verdadera fuga no fue del GPS, sino del tiempo lineal.
Y el descanso de los viernes —la pausa de edición— tal vez sea el momento en que el sistema revisa su propio montaje, intentando en vano ocultar lo que ya se ha filtrado.
La llave y el laberinto
Nadie pudo haber imaginado que un experimento en apariencia inocuo, como subir al GPS un fragmento diseccionado del Villa Alpina —el subtrack de la zona franca—, sería capaz de provocar efectos tan dramáticos como insertar escenas en un entorno local desfasadas del tiempo. Vivir en carne propia la experiencia del minimercado que no existía me dio, a la vez, una nueva perspectiva de la dimensión trágica y cómica de la experiencia de mi amigo.
Se puede contar pero no transmitir el shock de lo vivido. Si no fuera por la rigurosa simetría temporal detrás del episodio, se diría que el Reality quiso darnos una lección por sugerir, alegremente, que al GPS “había que cocinarlo en su propia salsa" y “darle de beber de su propia medicina”.
Si el track reacciona al ser observado, y parece producir la realidad que describe, insertándola incluso en el pasado, cada intento de análisis podría equivaler a una nueva escena. El Reality, en ese caso, no se investiga: se despierta.
Y cuando el mapa colapsó —cuando las coordenadas dejaron de tener sentido—, comprendimos que tal vez habíamos encontrado, por accidente, una llave. Una llave capaz de abrir las puertas del espacio y el tiempo, pero también de revelar la arquitectura de una prisión metafísica que hasta entonces habitábamos sin notarlo.
Nos habíamos convertido en operadores involuntarios de una maquinaria que ya conocía nuestros movimientos. Y cuando el sistema percibió que habíamos visto demasiado, nos devolvió al laberinto con la misma precisión con que nos extrajo de él.
Sólo que esta vez sabíamos que el laberinto tenía una sola salida, a la que nadie en su sano juicio querría entrar. Detrás de la puerta no hay nada que pueda ser descrito en términos de la experiencia ordinaria, porque las coordenadas del espacio y el tiempo se anulan.
Tal vez por eso el registro de la casa demolida impresiona tanto: es la advertencia cifrada de que todo este rodaje —el de la montaña, el de la zona franca, el de nuestras propias búsquedas— ya había terminado antes de comenzar.
La intromisión del futuro
Tomados literalmente los hechos de la montaña, el Reality Champaquí no parece un espectáculo dirigido a un público de nuestra época. La catadura moral de estos comediantes se adivina de cuarta, como si secuestrar a un ocasional montañista y privarlo de su rudimentaria brújula fuese algo gracioso. Sólo cabe esperar que esto no sea una muestra del arte del futuro, en cuyo caso la humanidad está en serios problemas.
Curiosamente, por otro lado, el despliegue casi mágico de recursos técnicos —inconcebible para un espectador contemporáneo— no da respiro al asombro. Que la puesta sea patrocinada por la coquita helada de Susy no debería ser una objeción: si la lamparita de la época de Edison sigue encendida hasta hoy en el cuartel de bomberos de Livermore, California, no hay razón para que el delicioso brebaje no pueda sobrevivir mil años o más.
Y esto era lo más fácil de ver y lo más difícil de aceptar: en algún momento iba a ocurrir, y finalmente ocurrió. La intromisión del futuro había llegado. Mucho antes que el gobierno mundial, el saludo abierto de los alienígenas o el fin de la esclavitud del trabajo, los forasteros montaron su set en la montaña y se dejaron ver. Habían llegado con un improvisado guión lleno de tachaduras y, con la soberbia propia de dioses civilizadores, nos enseñaban que el universo no es una simulación sino una parodia.
Habían llegado a demoler la casa donde por milenios vivimos seguros. Habían llegado a demoler el tiempo.
Y el polvo de la demolición sigue flotando, nublándonos la vista, sin dejarnos ver si la escena realmente ha terminado.
