LA ZONA FRANCA


El descubrimiento de que detrás del Reality Champaquí operaba un equipo de facinerosos dedicados al ejercicio ilegal del cine —o mejor dicho, de una variedad de cine que nadie pensó que pudiera existir, al menos en este siglo— sólo puede sorprender a los incautos. Que Danilo pasara por allí justo el día del rodaje pudo o no ser una casualidad, pero hoy está claro que en algún momento iba a suceder.

¿Suena delirante? Entiendo perfectamente que no puedo convencer a nadie. Irónicamente, esa posición me da libertad para investigar un caso que no elegí. Si yo hubiera pensado esto como una ficción, tendría que estar revisando constantemente que la historia no se traicione. La coherencia, si la hay, no es un mérito mío; sólo me limito a leer y comentar el track. Y a desenmascarar a sus perpetradores.

Sospecho que la lógica que llevó ambos grupos a la montaña fue la misma: los días de semana Villa Alpina suele ser un lugar desolado. El equipo de cineastas debió detectar de antemano la llegada de la expedición. ¿Por qué incorporar a Danilo? No es tan misterioso si seguimos la diagonal de la zona franca y descubrimos que el grupo padece de una afición patológica al voyeurismo y al chisme; y debieron averiguar muy pronto que Danilo había trabajado como extra en dos películas. Liquidarlo no debe haberles parecido la mejor idea, al menos no sin antes poner a prueba su capacidad actoral.

Cualquiera fuese la razón, la decisión ya estaba tomada cuando la expedición se detuvo en el café Chaflán. En vez de ignorarlo o borrarlo del plano, optaron por curarle —a distancia y sin previo aviso— los ligamentos rotos mientras tomaba un café. El pago por su contribución a la filmografía clandestina “extradimensional" —no sabemos, en realidad, de dónde vienen estos tipos— parece demasiado exiguo: una lata de Coca-Cola helada. Pero un actor que cojea puede arruinar el final. Sólo podemos adivinar con qué criterio el grupo maneja el presupuesto, pero está claro que sus recursos no son escasos. Por eso llama la atención lo que parece una retribución miserable.

El significado de la lata era tan evidente que, al principio, nadie lo vio. En el cine, una lata contiene un rollo. Un metraje. Le estaban diciendo, de forma elíptica pero inequívoca, que su actuación en el reality había sido aprobada y enlatada, lista para ser distribuida y —en un gesto que para ellos debió ser una muestra de reconocimiento y máxima generosidad— le entregaban la copia. No era metáfora. Era un registro. Y lo habían metido dentro del GPS.

Puesto a punto el actor, alguien decidió que el GPS debía ser retirado de escena pero no del argumento, convirtiéndolo en coprotagonista. Un GPS no sabe actuar, pero sabe registrar. 

¿Fue este acto de registro inspiración repentina o una práctica frecuente? ¿Dejaban una firma de autor tras sus fechorías o era una cláusula de eximición de responsabilidad? ¿Quién podía imaginar, cuando Danilo llevó el GPS a mi casa en mayo de 2021, que el artefacto contenía la certificación de una pieza maestra del séptimo arte delictivo? Una mezcla de improvisación y proeza tecnológica, humor retorcido y recortes que sólo podían entender dos personas: el actor “invitado” del Reality y yo.

Había además un motivo urgente para sacar al GPS del medio: mientras estuviera presente, no se podía contar una historia. El personaje del fotograma clave de las 10:04 —el clon del abominable galeno— quedaría sin parlamento; el que venía bajando nunca terminaría de bajar —como efectivamente ocurrió— y Susy se quedaría sin su papel estelar. Si el GPS no desaparecía, la historia no empezaba.

La solución que encontraron para cubrir el doble rol del GPS —ausente pero activo— fue sustraer el dispositivo del continuo espacio-temporal, dejándolo actuar en un segundo plano invisible. Convertido en cámara de soporte, traduciría el rodaje a su propio idioma, el de las coordenadas. No sabemos qué rieles usaron para moverlo, pero la prueba de que lo hicieron está en el track.

El track Villa Alpina es de este modo un manifiesto, una transcripción, un guión técnico y una bomba plantada en los cimientos de la lógica racional: algo que no debería existir pero se filtró por una hendija de la realidad. 

Nadie podía saberlo por entonces, pero el “obsequio” que dejaron en el GPS —el track Villa Alpina— contenía la llave: la escena de la expedición está estructurada como un guión de cine y sus “fotogramas clave” coinciden, ajustados al segundo, con los extraños eventos del 17 y 19 de mayo.

El contenido del Villa Alpina es heterogéneo. Está dividido en escenas cosidas mediante una cronología arbitraria para simular un track normal. Esta cronología se torna verdadera sólo desde el instante en que el GPS se pierde.

La mayor parte es relleno para camuflar lo importante: los dos últimos capítulos, los de la expedición. Cuando la señal del GPS llega al portal y cambia de velocidad —alguien baja de un auto y empieza a caminar— irrumpe el clon del galeno y dice su única y memorable línea. Cuando el protagonista termina de hablar con Susy y avanza hacia su desenlace, la señal deja de errar y camina con él. El auto invisible desacelera en el punto exacto donde el auto de Lucas acelera dos días después. El GPS establece los marcadores de escena, aunque no sabemos si antes o después. Por todas las apariencias lo hace en tiempo real.

Y en medio de este collage que el track ofrece, ocurre algo extremadamente inusual: un capítulo que dura un día entero. Algo se mueve sobre el terreno, pero no es un vehículo, ni un dron ni una persona. Nada conocido sigue ese patrón. Es un plotter imprimiendo líneas a intervalos regulares, una panorámica en cámara ultra lenta. Delimita un polígono que sigue calles reales, y el borde es grueso porque la “impresora” pasó dos veces por el mismo lugar. Nada aquí es improvisado. Estamos en la zona franca.


La zona franca es el noveno capítulo del track Villa Alpina. En un visor GPX aparece como un área delimitada que cubre una decena de barrios del sur de Córdoba. Sus bordes no coinciden con ninguna división administrativa. Danilo la bautizó “zona franca”, afirmando que aquí “cualquier cosa puede suceder”. La crónica policial le da la razón, aunque por supuesto él se refería a otra cosa.

El trazado de la zona franca empieza a las 00:06 del 11 de abril y termina siete segundos antes de la medianoche. Como Danilo llegó al cerro el 17 de mayo, el GPS no pudo registrar algo que ocurría en abril, pero esa es sólo una limitación de nuestra tecnología. El track demuestra que los productores operan fuera del tiempo lineal. Mientras Danilo caminaba en el cerro, esta escena se dibujaba en la ciudad, a ciento veinte kilómetros y un mes de distancia, siguiendo en paralelo la topografía existente.

El tiempo de la zona franca es artificial: dura lo que tarda en dibujar, no en desplazarse. La altitud sube y baja sin relación con el terreno. El movimiento, si apenas ocurre, es escenográfico. La expansión en el tiempo del trazado es tan grande que hace sentir al escenario inmenso. ¿Qué está construyendo? ¿Para qué y para quién? 

Dentro del polígono que delimita la zona franca hay tres figuras: un triángulo, un rectángulo y una diagonal que divide el mapa en dos. Esa diagonal ya había aparecido, sola, en el capítulo del 10 de abril del track Villa Alpina y antes, en un track retroactivo de 2018. En 2021, cuando empecé a destripar el track, pensaba que la línea representaba un trayecto, aunque su lentitud lo desmentía. Me faltaban datos para verla como lo que era: un vector relacional, que anticipaba la diagonal de la zona franca de modo casi profético.

La diagonal une dos nodos. Esos nodos son, precisamente, mi casa y la de Danilo.
—Estamos en el mapa —dijo Danilo.
 —Y no precisamente por buenos —respondí.
 —No por buenos —repitió él—, sino por raros.
 —Eso les pasa a los que atentan contra la causalidad.
 —¿Y ahora qué hacemos?
 —No sé —dije—. Usted me metió en esto.
 —Yo no lo metí en el mapa. Ni siquiera me metí a mí mismo.
 —¿Y por qué estoy yo en el mapa si no participé en la película?
 —Usted está en un extremo de la diagonal, no se haga el desentendido. Sabían que yo se lo iba a contar y que usted iba a destripar el track.
—¿Y para qué nos querrían dar el mapa de la zona franca? 
—Dígamelo usted que destripó el track. 
—Mire, no sé. Delimita una porción del terreno que nos incluye. Esto no parece dirigido a nosotros. Más bien parece un plano operativo. O una señal de ajuste. Un motor. Tal vez el motor del Reality.
—Y si no está dirigido a nosotros, ¿por qué figuramos en cada extremo de la diagonal? 
—Sabemos por el track retroactivo de 2018 que la diagonal es en realidad un sondeo biográfico. 
—Usted se refiere a ese track de tres días que termina en la escuela donde trabajé, ¿verdad? 
—Correcto. La época en que hacíamos experimentos con los papelitos sísmicos.
—¿Y usted piensa que esta gente tiene un sismógrafo tan sensible? Parece que conocen a fondo nuestro prontuario. ¿Y en qué les afectaría a ellos nuestros experimentos?
—Si la respuesta no está en el track, entonces no está en ninguna parte.

El track empieza cuando Danilo mira dentro de la mochila y ve que el GPS no está; termina cuando Susy lo ve en la camioneta un segundo antes que él. Ese comportamiento, propio de una partícula en estado de indeterminación cuántica, era solo una pista. Es lo que los físicos llaman colapso de la función de onda. Se trata de un proceso que requiere de un observador.

—Hay dos posibilidades —concluí. O bien estamos viendo la magia de la física cuántica en acción a nivel macroscópico, o bien esto es un remedo teatral de la teoría.
—¿Y por qué no ambas cosas? —preguntó Danilo. Si las juntamos tenemos una tecnología muy avanzada de entretenimiento. Y ahí encajan los cineastas ilegales.

El razonamiento de Danilo era inobjetable. En la época de Lumiere hubiera resultado inconcebible que una inteligencia artificial pudiera crear actores digitales. No era un salto de fe pensar que algún día el cine y la física de partículas se iban a unir. Lo único inesperado era lo que teníamos ante la vista. Esto ya estaba ocurriendo en algún punto del espacio y el tiempo; los cultores del género no eran de lo más recomendable y, por desagradable que fuera la idea, nos habían estado pisando los talones desde mucho tiempo atrás.

—Por alguna razón vienen aquí a reclutar actores. O los humanos se extinguieron, o la edición retroactiva de la realidad tiene mala prensa, o el género tiene rango de ofensa criminal. Mire en lo que nos han metido.
—¿En qué nos han metido?
—En una película. Bueno, a usted.
—Le tengo malas noticias —dijo Danilo, con cierta cínica satisfacción—. ¿Qué cree que fue lo del minimercado?
—¿Un casting?
—Exacto. Le armaron un set en dos minutos a tres cuadras de su casa y usted caminó por ahí sin sospechar nada hasta que casi se pierde. Le dieron una pequeña muestra para que sepa lo que es bueno. ¿O usted creyó que lo pusieron en un extremo de la diagonal de adorno? Usted también está en el reality.
—¡Grandisimos hijos de puta!—exclamé, indignado. Y luego, recobrando la compostura—: A usted le sacaron el GPS, a mí me multiplicaron las calles. ¿Nos quieren desorientados?
—Al contrario, diría yo. Quieren ver si somos capaces de orientarnos o morir en el intento. Asi es como se entrena, supongo, a los postulantes a actores del Reality.

Seguíamos sin saber qué era exactamente la zona franca. Pero al menos empezábamos a entender cuál era, dentro de ella, nuestro papel. O, más exactamente, el papel que se nos asignaba de forma inconsulta, tal vez creyendo que nos íbamos a quedar de brazos cruzados sin hacer nada.

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NOTAS
El mecanismo temporal
El patrón temporal es escalofriantemente regular.
Observemos los intervalos:

23:51:09 (+36 s)
23:51:43 (+34 s)
23:52:20 (+37 s)
23:52:57 (+37 s)
23:53:45 (+48 s)
23:54:25 (+40 s)
23:55:17 (+52 s)
23:55:55 (+38 s)
23:56:37 (+42 s)
23:57:15 (+38 s)
23:57:53 (+38 s)
23:58:31 (+38 s)
23:59:11 (+40 s)
23:59:53 (+42 s)
00:00:27 (+34 s) — otro día
00:01:08 (+41 s)
00:01:45 (+37 s)
00:02:30 (+45 s)
00:03:06 (+36 s)
00:03:51 (+45 s)
00:04:34 (+43 s)
00:05:12 (+38 s)

Los intervalos fluctúan alrededor de un núcleo de 35–45 segundos. Esto significa que el mecanismo mantiene un temporizador constante, que no responde a movimiento, ambiente ni usuario. Es un reloj interno del sistema.

La altitud
Los valores de altitud:

443.79
444.27
447.15
448.59
450.52
449.07
448.59
447.63
446.19
445.71
444.27
443.31
441.38
442.34
444.75
448.11
447.63
447.15
448.11
448.11
445.71
443.79

oscilan sin correlación con el movimiento horizontal (casi nulo). Presentan un “pico” a 450.52 cuando el movimiento es casi cero. Luego descienden lentamente. Esto no es comportamiento de GPS. Esto es relleno algorítmico. El altímetro se comporta como una función suavizada, una interpolación, un ruido sintético persistente. No puede ser una señal real.


La zona franca es un módulo de construcción, no un registro. Usa tres fases simétricas: Calibración, Construcción y Estabilización. La primera fase presenta intervalos de aproximadamente 36 segundos, con variación mínima de coordenadas. La segunda muestra movimientos amplios, trazos lineales (como la diagonal), contorno y figuras. Trabaja en intervalos de 1 y 5 segundos para dibujar detalles. La estabilización final, que va desde 23:50 hasta 00:05, opera con intervalos de 36 a 45 segundos, con variación mínima de coordenadas. Es un espejo de la fase inicial. El mecanismo opera como un renderizador de mapa, no como un GPS

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