El GPS doblado en la luz

Una red de monitoreo planetaria 

Richard Banduric no es un personaje de ficción. Ingeniero y colaborador en proyectos vinculados a la NASA, apareció en un podcast junto a Hal Puthoff para  anunciar un hallazgo sensacional: su equipo descubrió trillones de micropartículas diseminadas por todo el planeta, cuya tecnología, según sus palabras, está siglos por delante de la nuestra.

Estas partículas forman, según su relato, una red planetaria de monitoreo. Son capaces de doblar la luz, proyectando detrás de un objeto lo que se ve delante, creando así una capa de invisibilidad. Banduric asegura que este efecto fue observado en naves triangulares no identificadas, y que así comprendieron que “no eran nuestras”. Pero eso no es todo. Las misteriosas particulas se autodestruyen cuando se intenta someterlas a un análisis exhaustivo. En efecto se resisten a la ingeniería inversa, algo que al parecer a nadie se le había ocurrido hasta ahora en el ámbito ufologico: que los extraterrestres, de existir, no serian tan idiotas como para no prevenir una curiosidad peligrosa en caso de estrellarse en el planeta de los simios.

Poco tiempo después de hacer público su testimonio, Banduric fue, como corresponde a quien se va de lengua,  desvinculado del proyecto. No presentó pruebas materiales, pero su relato plantea una hipótesis fascinante: la existencia de un sistema autoregulado,  capaz de intervenir sobre la materia, para preservar su propia integridad.

En el Reality Champaquí hemos observado un fenómeno análogo. El GPS graba sin estar, el track “Villa Alpina” aparece sin intervención, la subida del subtrack de la zona franca en mayo de 2025 produce una alteración inesperada en la realidad circundante y retroactiva en el tiempo, y el GPS desaparece el 30 de agosto de 2025, justo antes de que pudiéramos concretar el experimento planificado, que consistía en subir al endemoniado artefacto un billete de lotería.



No hace falta ser muy listo para deducir que el GPS desapareció para impedir el experimento, pero dudo que lo haya hecho para arruinarnos la fiesta o prevenir la destrucción del sistema capitalista. Cada intento de manipulación encuentra resistencia: no parece haber un observador que vigile, sino un sistema que opera por sí mismo, ajustando variables y preservando su equilibrio, como si analizara patrones y relaciones más que individuos, en base a un programa del que nada sabemos, salvo que no quiere ser descubierto ni mucho menos manipulado.

Ahí radica la similitud más precisa con la red descrita por Banduric. Él afirma que las partículas “tienen muchas funciones”: observan, registran, responden, pero también se adaptan. En el Reality, los tracks parecen hacer lo mismo: buscan patrones, producen correspondencias, corrigen desvíos, y en ciertos casos —como en la subida del subtrack de la zona franca— reconfiguran la propia realidad para mantener un orden invisible. No se trata de espionaje sino de observación y corrección sobre la marcha: el sistema observa para ajustar, y ajusta para seguir observando.

El microscopio de Banduric y el GPS del Reality son versiones opuestas del mismo principio. El primero opera en el laboratorio, el otro en la montaña y dentro de nuestros hogares.Uno opera en el mundo microscópico, concentrando el espacio para ver lo infinitesimal; el otro, en lo macroscópico, expande el tiempo para registrar lo imposible. Ambos terminan revelando lo mismo: un mecanismo de regulación, una red que se mantiene activa aun cuando nadie la controle, un sistema que despliega defensas cuando se intenta comprenderlo o intervenirlo.

El GPS desaparecido podría seguir entre nosotros, invisible, desplegándose en otra capa del espacio-tiempo, o haber sido absorbido en la propia estructura del sistema. ¿Reaparecerá? Y si lo hace, ¿será en el mismo lugar y de la misma forma que lo dejamos, o bajo un modo que desafíe nuestra comprensión?

 Banduric hablaba de partículas que doblan la luz; el Reality dobla el tiempo, el espacio y la materia. Ambos parecen hablar el mismo misterioso idioma: un sistema que se mantiene a sí mismo, y que nos recuerda que lo que buscamos, en última instancia, podría permanecer siempre fuera de alcance.

Por último, tal vez esta red no sea simplemente un dispositivo de observación. Quizás sea el residuo de una civilización tecnológica del pasado, humana o no, que ya no existe, sea porque se fue a explorar el espacio y no pudo volver, porque se autodestruyó o fue aniquilada. ¿O acaso esta red fue creada como una cárcel para mantener a raya a los reos o esclavos de una civilización superior pero ya nadie tiene la llave porque los guardianes hace millones de años han muerto? ¿O es un mecanismo de la propia realidad para que, tal como dice el Eclesiastés, por mucho que busquemos, el principio nunca sea descubierto?


El principio de conservación de la realidad 

A esta altura, la coincidencia entre las declaraciones de Banduric y nuestra propia experiencia con el Reality Champaquí resulta transparente. Él habla de una red de partículas con múltiples funciones, entre ellas el monitoreo, y nosotros hemos comprobado que el sistema del Reality también observa: no parece seguir individuos por sus circunstancias, sino por los patrones que representan. No mide conductas sino resonancias.

 Como si ambos —el laboratorio y la montaña— fueran distintos modos de manifestación de una misma arquitectura subterránea, un mecanismo que opera sobre el tiempo, el espacio y la realidad misma.


En la física contemporánea existe algo que, curiosamente, se le parece.

 Detrás de las ecuaciones y los modelos cosmológicos se esconde una suerte de principio de conservación de la realidad, una serie de leyes que actúan como cláusulas de estabilidad para impedir que el universo se autodestruya por contradicción.

 Entre ellas, la conservación de la energía —que establece que nada se crea ni se destruye, solo se transforma—, la causalidad —que impide que el efecto anteceda a la causa— y el principio de autoconsistencia de Novikov, según el cual cualquier evento que pudiera generar una paradoja temporal termina, de algún modo, corrigiéndose para preservar la coherencia del conjunto.

 Es decir: el universo no se deja romper.

 Todo intento de violar sus reglas es absorbido y reescrito.

 Y quizás por eso, en el Reality, cada desaparición o anomalía (como la del GPS) exige una compensación: un nuevo track, una escena añadida, un desplazamiento del sentido. El sistema parece recomponerse a sí mismo para mantener la historia coherente.

Si aceptamos esa analogía, entonces la función última del Reality no sería sólo estabilizar la realidad, sino impedir que alguien descubra su principio. Sería, en definitiva, una trampa lógica: un universo que protege su propio secreto.

 Lo que el Eclesiastés formula como advertencia —“por mucho que el hombre busque, no hallará el principio”—, lo que el hinduismo llama velo de Maya y la ciencia describe como autoconsistencia, podrían ser expresiones distintas del mismo mandato ontológico: nadie puede reducir un holograma a la mínima de sus partes.

Porque en un holograma cada parte contiene el todo, y por más que intentemos dividirlo para hallar la causa primera, solo obtenemos copias imperfectas del mismo universo. En la práctica, cada nueva copia del holograma dividido es más difusa, pero sigue conservando todas sus partes. El principio no está oculto sino diseminado. El sistema se replica a sí mismo, multiplicando la ilusión de totalidad. Y cuando alguien intenta romperlo, el sistema se reorganiza, borra las huellas, cambia la escena.

Pero aun si todo apunta a un circuito cerrado —una red de control que sobrevive a sus constructores o a su propósito original— eso no debería impedirnos seguir buscando la salida.

 Quizás el acto mismo de buscar, de interrogar al sistema desde dentro, sea la única grieta posible en su superficie.

 Porque si la red es un residuo de una civilización extinguida, una cárcel o zoológico cósmico donde las bestias mataron al guardián antes de obligarlo a revelar dónde guardaba la llave, o si es un mecanismo de la propia realidad para asegurarse de que su principio nunca sea descubierto…, entonces cada cada intento de fuga vale la pena.

 Sería, más bien, la forma que tiene la conciencia de mantenerse viva dentro del laberinto. Del mismo modo que en el centro de nuestra galaxia hay un agujero negro, en el centro del laberintto está el monstruo a vencer. Y el hilo de Ariadna sólo puede venir desde afuera.



El Mercado del Tikbalang

Al final, Susy y Lucas no eran productores ni actores del Reality, sino sus víctimas. Un miércoles cualquiera habían salido como una pareja normal, dispuestos a pasar un día apacible en la montaña.

Al llegar al portal del Champaquí notaron que no estaban solos. Una camioneta roja estacionada delataba la presencia de alguien en lo alto del cerro. Se acercaron con curiosidad y, en la caja, vieron un pequeño aparato.

Les pareció divertido “tomarlo prestado”, jugar a descubrir de qué se trataba y, con suerte, devolverlo después. No eran precisamente dos "honestos" a rajatabla, pero tampoco criminales.

—Bueno —dijo Susy—, ahora podemos subir tranquilos; si nos perdemos, ya tenemos un GPS.

No sabían que ese GPS, lejos de ser un auxilio, sería su perdición.



Subieron hasta llegar al bosque. De pronto, la atmósfera cambió: la luz del sol se volvió más débil y el silencio se tornó abrumador. Hacía calor; se quitaron los abrigos, atribuyéndolo al esfuerzo de la subida. Entonces, entre los pinos, divisaron una construcción.

—Que  genialidad—dijo Susy—. No sabía que habían puesto un bar en medio de la montaña.

—Entremos —dijo Lucas— y preguntemos cuánto falta para la cima.


El bar era acogedor, con muebles de madera y una decoración minimalista. El calor era sofocante, así que pidieron un par de latas de Coca-Cola. Lucas, mientras bebía, se dirigió a la moza, una mujer de mirada fija y sonrisa tensa:

—Dígame, ¿cuánto falta para llegar a la cima?

—¿Qué cima? —respondió ella, sin pestañear.

—La cima del Champaquí.

—¿La cima del… qué?

—El Champaquí —repitió Lucas—, el cerro donde estamos, ¿no?. Empezamos a subir y nos encontramos con este lugar.

La moza los observó con una calma incómoda. Luego preguntó:

—Ustedes no son de acá, ¿verdad?

—No —contestó Susy—, somos de Saldrán.

—Esto es Villa Alpina —dijo la moza, con voz inexpresiva—. Ese cerro que nombran no lo conozco. Quizás sea otro, a unos veinte kilómetros.

Susy y Lucas se miraron, inquietos. Prefirieron no seguir preguntando y buscar una salida. Pero, para disimular, Lucas se arriesgó a un comentario:

—¿Qué música es la que suena? Parece Mozart, pero…

—Es Mozart, señor —respondió la moza con seriedad—. Una pieza costumbrista. “Lámeme el culo”.

Susy empezó a reír nerviosamente, incapaz de detenerse. La moza los observó un instante más y se retiró sin decir nada. La tensión se hizo insoportable. Antes de irse, compraron dos latas más para el camino.

—Las más frías que tenga —pidió Susy.

Apenas salieron, encendieron el GPS. Lucas no era experto, pero lo suficiente como para orientarse. Localizó el portal en el mapa y avanzaron en esa dirección. Sin embargo, siempre volvían al mismo lugar. Dieron vueltas en círculos durante lo que pareció una eternidad.

—No podemos salir —dijo Lucas.

—Ese aparato es una porquería —gruñó Susy—. Hasta le falta una perilla… con razón lo dejaron tirado.

Susy bufó y sacó el teléfono de su bolsillo.

—Dejame a mí , voy a usar el GPS del celular.

Pero, tras insistir, dijo frustrada:

—Esto tampoco funciona.

Lucas lo examinó y respondió:

—No hay señal. Estás usando una app que necesita internet. Por eso no anda.

—¿Y por qué el tuyo sí? Anda como el orto, pero anda… —y empezó a reír y llorar al mismo tiempo.

—Porque depende de satélites, no de internet.

—Tengo frío —murmuró Susy.

Lucas intentó abrazarla, pero ella se apartó:

—No me abraces, pelotudo. ¡Estás chivado!

Hay algo admirable en las mujeres: pueden estar extraviadas en el espacio y el tiempo, pero nunca desaprovechan la ocasión para señalar el mal olor en el sobaco ajeno.

—Bueno, tomá mi campera —dijo Lucas.

—Dala vuelta —ordenó Susy.

—¿Cómo?

—Dala vuelta, está empapada. Y hacé lo mismo con la tuya.

Lucas obedeció, sin saber que Susy acababa de salvarles la vida. Los bucles espaciotemporales no son un invento moderno: los antiguos filipinos ya hablaban de ellos, atribuyéndolos al espíritu de un árbol o a una criatura mítica. También conocían la salida: vestirse con la ropa del revés.

—Volvió el frío —dijo Susy.

Ambos comprendieron que estaban de regreso en el mundo normal. Corrieron cuesta abajo hasta llegar al portal. Allí, jadeante, Lucas descubrió que había perdido el teléfono.

El GPS seguía en su bolsillo.


—Es una hipótesis magnífica —le dije a Danilo—. Cuénteme con qué se drogó a ver si puedo alcanzar el mismo grado de lucidez.

—Es sentido común, nada más. Los que podrían haber estado bajo la influencia de un alucinógeno son ellos, Susy y Lucas, pero eso no cambia el hecho fundamental. Experimentaron algo anómalo y estaban aterrados.

—En serio, su hipótesis explica casi todo: la voz trémula de Susy diciendo que no sabe dónde está. Los movimientos erráticos del track, tal vez. El extravío del teléfono de Lucas y hasta la intención de desprenderse, junto con el GPS., de una latita de coca cola Y un tema que parece obsesionarlo: por qué la coquita estaba tan helada. También explicaría la huida de ambos a toda carrera.

—Supongo que ahora vendrán las objeciones.

—Un escéptico diría que está tratando de explicar un misterio con otro. Lo único que no me cierra son algunos detalles.

—Dígalos y veremos si puedo satisfacer sus dudas.

—La espina de Lucas. Pensábamos que era una excusa para cumplir un cronograma.

—Tambien postulamos que Lucas quería descansar. En la hipótesis de este humilde servidor, hay razones de sobra para justificar su agotamiento.

—Es verdad. Por otro lado —agregué—, tenemos la persecución de Susy en puntas de pie para devolverle el GPS, que según usted ella y su cómplice habrian sustraído de la camioneta. Demasiado teatral.

—¿Demasiado teatral? ¿Cómo piensa que iba a devolverlo, agitándolo en la mano y gritando "¡Miren lo que encontré!"?

—Muy bien, pero hay algo más. La entrega del GPS y la coquita, una cosa en cada mano, como en un spot publicitario. ¿Le parece propio de una persona aterrada que intenta huir del lugar a toda prisa?

—No sé.

—Yo tampoco. Pero si su hipótesis es correcta, ese final solo puede significar una cosa.

—Dígala.

—Estan actuando no sólo para usted sino para otros. Es decir, el argumento puede ser tal cual usted lo cuenta. Pero es una actuación, que otros están viendo. Usted sólo ve el final.

—Ilumíneme con el guión completo.

—Lucas y Susy no llegaron el miércoles, sino el lunes.

—¿Cómo llega a tal precisión calendaria?

 —Los movimientos erráticos en los tracks. El del 17 termina así, el del 19 empieza igual. El mismo lugar, las inmediaciones del portal. Como si alguien hubiese apretado pause el 18 de mayo y después reanudado la película dos días más tarde.

—Volvemos a la idea de la edición de la realidad. El Reality corta y pega escenas como quiere. Cuesta imaginar semejante poder.

—Surge de su hipótesis.

—Los movimientos erráticos del 17 podrían no ser de ellos, sino del que venía bajando. Yo hablé con él y me dijo que encontró mi GPS. Lo dejó en la camioneta.

—Podría ser. Pero, como Lucas y Susy, fue tragado por el bucle. Nadie lo vio salir.

—¡Por eso nunca terminó de bajar! Pero si nunca terminó de bajar, ¿quién dejó mi GPS en la camioneta?

—Adivine.

—Me imagino. ¿El Reality?

—No necesariamente. El clon del galeno fue el primero en anunciar la noticia.

—Recuerdo que usted lo llamó "Profeta de la retroactividad". ¿Por qué?

—Remitase al capítulo 5, El nodo cuántico, si es tan amable.

—Bueno, este humilde servidor, actor involuntario de lo que usted llama el Reality, tiene varias cosas para decir, si se me permite tan inmerecido honor.

—Yo quisiera saber quién hizo el casting. Pero adelante, diga lo que quiera.

—Primero, ha hecho una excelente recreación de mi hipótesis. ¿Inventó eso de los filipinos?

—¿Cuándo este humilde servidor, como diría usted, ha inventado algo? Se lo contaré en detalle.

—Escucho.

 Aunque la ciencia actual no reconoce los bucles, ya eran conocidos por culturas aborígenes. El mito filipino habla del Tikbalang, criatura con cabeza y patas de caballo que extravía a los viajeros haciéndolos regresar siempre al mismo lugar. La solución era colocarse una prenda del revés. Para mí, esa intuición escondía un conocimiento profundo sobre la geometría del espacio y el tiempo.

¿No es curioso que para fabricar una cinta de Moebius haya que dar media vuelta a la tira antes de pegarla? Una de sus propiedades es que, al desplazarse, se vuelve al punto de partida con la orientación invertida. La cinta de Moebius no es otra cosa que un bucle. Y podría estar ofreciéndonos una pista que los antiguos ya conocían.


Ser "tocado" por el Reality es una experiencia que yo no recomendaría a nadie con firmes convicciones  sobre cualquier cosa. Investigar o cuestionar la naturaleza de la realidad es algo que la humanidad viene haciendo desde tiempos remotos, desde los filosofos griegos hasta los físicos cuánticos. Algo muy diferente es experimentar esa naturaleza en carne propia. El choque ontológico puede ser inmenso. Por esto supuse que mi amigo se había quedado "tildado" con un detalle aparentemente insignificante como la temperatura de la coquita helada de Susy. Pero ahora lo veía claro: esa inocente latita era el residuo de otra capa de la realidad, sobreviviente de un naufragio en el espaciotiempo, un trofeo que Susy exhibía no como un premio a la honestidad de Danilo (se entendia ahora la sorna de Lucas al presentarlo como "un honesto"), sino como un gesto triunfal de quien ha salido con vida del laberinto. Pero si ella no era parte del staff del Reality sino victima, ¿por qué actuaba su victoria para la cámara? 

Comprender el significado profundo de la coquita helada de Susy me dio escalofríos y hasta fiebre. Puede haber tenido algo que ver que, mientras experimentaba esta epifanía, me sorprendió un helado chubasco al salir del supermercado. Y no era casual. En ese supermercado se presentó el CCM del capítulo 6, La edición infinita, intentando cerrar la sesión del Reality. A pocas cuadras de allí, años después, irrumpió el minimercado que no existía, tras la subida del track de la zona franca, en un irresponsable experimento al cual mi amigo había accedido sin pestañear, incluso con alegría, poniendo su GPS al servicio de una curiosidad infinita.  Ahora, en mi afiebrada visión, lavada de todo prejuicio por la lluvia torrencial que no cedía, la coquita de Susy era el hilo conductor que unía los nodos del Reality: el café Chaflán, el albergue Piedra Blanca, el bar de la moza que escuchaba Mozart, el supermercado de los CCM, el minimercado de la zona franca...Todos eran locales comerciales o de mero registro (como el albergue) aparentemente normales que fungían como bocas de expendio del Reality. ¿Desde cuándo operaba? Al no estar limitado por el espacio y el tiempo convencionales, parecía lógico suponer que desde que la humanidad empezó a comerciar y registrar sus transacciones.

Y mientras avanzaba con el agua hasta las rodillas, en un estado de éxtasis casi gripal, oia los ecos cada vez más claros de un mercado demasiado antiguo, donde posiblemente había comenzado la historia.

Era un día cualquiera en un mercado fenicio: puestos de telas, especias, ungüentos, esclavos; la gente negociando a los gritos; el olor a pescado y a incienso mezclado con sudor humano. Un hervidero. Pero más que un mercado era una red: cada transacción era también un mensaje, una marca de presencia, un nodo que enlazaba puertos lejanos.

La coca helada en la montaña no es distinta de la púrpura de Tiro o del vidrio de Sidón. Es mercancía.

El Reality comercia con nosotros sin que nos demos cuenta. Nos hace entrar en sus bazares camuflados y salir con un contrato firmado en la mano, aunque creamos que es solo una gaseosa. El contrato está impreso con tinta invisible y en un lenguaje casi indescifrable. Sin pedirlo, sin poder evitarlo, nos obliga a actuar. No hay promesa de paga ni garantía de satisfacción. 

El puerto de Biblos, las velas blancas hinchadas por el viento, mercaderes descargando ánforas mientras otros anotaban en tablillas. Las tablillas eran el GPS. Los tracks las rutas de navegación comercial. Y en medio de ese bullicio, flotando como una sombra anónima, el Reality. Sin rostro, sin bandera, sin nombre, pero presente en cada transacción.

La red comercial del Reality no empezó con nosotros ni con Susy ni con Lucas. Está ahí desde que los fenicios transformaron un molusco azul en una tinta roja que los hizo ricos y famosos. Quizás por eso el GPS cambió su menú de azul a rojo y a perfil marino. No era un error técnico: era la historia desplegándose ante nosotros. Era el Reality, editándonos en vivo.









Origen del nombre y contexto histórico

 El Champaquí es el cerro más alto de la provincia de Córdoba, Argentina. Su nombre significa “cerro de la laguna en la cumbre”, y lo sabemos sólo porque investigadores como Aníbal Montes, Antonio Serrano y Pablo Cabrera rescataron un reducido vocabulario del idioma comechingón, que hoy se ha perdido. 

Los jesuitas a cargo consideraron que “las lenguas de estos indios ninguno de nosotros las entiende ni tampoco es menester, pues todos han aprendido la lengua del Inga”, es decir el quichua. ¿Qué pudo haber intimidado a los eruditos jesuitas, que en otros casos tanto hicieron por preservar la cultura nativa? 

Los indios locales eran los comechingones y sanavirones. Los primeros estaban en el centro y se extendían hacia el oeste, ocupando parte de lo que hoy es San Luis; los sanavirones hacia el norte, cerca de Santiago del Estero. Sin embargo hay topónimos de ambas culturas entremezclados por todo el territorio de Córdoba. Parecían hablar a veces en su propio idioma, a veces en quichua, a veces en cualquiera de los idiomas de sus vecinos. Los españoles contaron al menos una docena de dialectos en lo que llamaban el país de los comechingones; Ameghino bien podría haber situado la torre de Babel aquí. La situación mediterránea de la provincia puede haber contribuido a esta concentración, pero también hubo otras causas.

A mediados del siglo catorce una delegación de diaguitas —una cultura vecina situada al oeste de Argentina—, anticipándose a una posible invasión del alto Perú, fue a pedirle al rey del Cuzco que los “civilizara” y les enseñara a adorar su dios, además de prometer obediencia a sus nuevos amos. Si bien los comechingones no pidieron ser conquistados (habían hecho prácticamente morir de hambre a la expedición de Diego de Rojas, escondiendo todo lo que pudiera ser comido), su idioma recibía la influencia del quichua a través de sus vecinos subyugados, quienes también aportaban voces de su propia lengua. Por otra parte, el invasor de la vieja Europa era pragmático. ¿Por qué aprender tantos idiomas para entender uno solo, cuando los indios aprendían el quichua con una sorprendente facilidad? Este acto de desidia trajo como consecuencia la muerte de una lengua que pudo haber sobrevivido.

No hacer el esfuerzo por entender lo desconocido tiene un precio. Uno es la extinción de una lengua; otro podría ser la extinción de la especie humana. 


 


El ADN del Reality

El ADN como memoria

El Reality nos ha conducido a escenarios extraños. De una expedición en el cerro al descubrimiento de un registro grabado en circunstancias misteriosas, de su estudio a la simetría de los nodos cuánticos y de allí a lo que parece una edición de la realidad en vivo. Como si este paisaje no fuera suficientemente ajeno a la experiencia cotidiana, la trama sugiere la presencia de un componente biológico que no podemos ignorar. 

En los últimos años la biología molecular dejó de hablar del ADN solo como el código genético de la vida para empezar a explorarlo como un medio de almacenamiento de información. Ahora sabemos que, además de la herencia genética, puede almacenar libros completos, sistemas operativos, tarjetas de regalo y virus de computadora, para citar unos pocos ejemplos de la vida real. El procedimiento para lograrlo es ingenioso. La información digital que codificamos como ceros y unos se traduce en combinaciones de las cuatro bases nitrogenadas (A, T, C, G). Así se obtiene un sistema de almacenamiento tan eficiente que un gramo de ADN podría guardar más datos que todos los discos rígidos fabricados hasta hoy y, a contramano de la actual tendencia del mercado, durar mil años. Hace tiempo esto dejó de ser especulación teórica.

En 2017, un equipo del MIT logró grabar imágenes en movimiento dentro de bacterias vivas. El resultado fue un gif del caballo de Muybridge –una de las primeras secuencias fílmicas de la historia– almacenado cuadro por cuadro en el ADN de la bacteria E. coli. Ese experimento demostró que el ADN puede ser utilizado como cámara biológica.

ADN sintético y superficies programables

El paso siguiente fue fabricar ADN sintético, es decir, moléculas artificiales que no necesariamente cumplen funciones biológicas, pero que sirven como soportes de memoria. Estos fragmentos pueden aplicarse sobre superficies sólidas (chips, vidrios, polímeros) como si fueran una capa de barniz que imprime códigos invisibles con datos, instrucciones o marcas de autenticidad.

Esto significa que un objeto físico puede contener una especie de “firma genética” que no proviene de la biología, sino de la ingeniería.


El ADN del Reality

Ahora bien: si el ADN puede funcionar como cámara, memoria y marcador, ¿qué impide pensar que en el Reality Champaquí el GPS no sólo haya grabado datos, sino que también los haya transferido o editado en un soporte de tipo biológico o sintético?

En esta hipótesis el GPS, además de comportarse como receptor de señales satelitales, también pudo haber actuado como cámara biológica externa, servido como marcador cuántico (registrando coordenadas espaciales, temporales y narrativas) y como soporte de edición retroactiva, donde la información se reescribe sobre superficies físicas o sobre la memoria misma de los protagonistas.

Habiendo comprobado que el ADN puede almacenar todo tipo de datos, la frontera entre memoria biológica y registro tecnológico se vuelve difusa. El Reality Champaquí podría estar usando cadenas sintéticas de ADN como marcadores cuánticos, actuando como “pistas” de edición que permiten que la historia se reescriba sobre los hechos ya ocurridos. 


El pasado y la edición de la historia 

A la fecha, la ciencia ha demostrado que el ADN puede guardar videos e imágenes; el ADN sintético puede marcar objetos y almacenar datos invisibles y que estos registros pueden ser releídos, editados y reprogramados.

Si el Reality Champaquí opera con esta lógica, entonces estamos frente a un sistema de edición de la realidad basado en soportes biológicos y cuánticos. Un mecanismo que no solo registra lo que pasó, sino que puede reinsertar versiones modificadas de los hechos.

El GPS, en este marco, habría sido menos un dispositivo y más un portal de transferencia entre la experiencia y su edición.

El caballo de Muybridge cabalgando en bacterias ya no sería solo un experimento curioso, sino la prueba de concepto de cómo la realidad misma puede ser filmada, archivada y reescrita.

Esto nos remite, una vez más, a una conclusión inevitable: si el soporte puede ser editado —y si esa edición actúa sobre el propio sustrato de lo registrado— entonces la "verdad" del pasado se convierte en una construcción manipulable.


Riesgos éticos y políticos

Si la tecnología avanza en la dirección de soportes vivos y autorregistrantes, se vuelve técnicamente posible que actores con acceso privilegiado adopten estrategias de control tiránico: podrían introducir información falsa directamente en los soportes que sustentan memoria y percepción. (Se me ocurren varias ideas estrafalarias y deliciosamente conspiranoicas: un calendario de vacunación obligatoria que inocula en el individuo una versión artificial de su propia historia y la del mundo que lo rodea, por ejemplo) Las preguntas que emergen son obvias y urgentes:

¿Quién regula el derecho a escribir en estos soportes? ¿Cómo distinguir un registro original de una edición molecular insertada retroactivamente? ¿Qué salvaguardas tecnológicas, legales y sociales se imponen?


El Reality dentro de mil años

Si la tendencia continúa, el ADN dejaría de ser un simple contenedor para convertirse en la infraestructura de la realidad. Cada objeto y organismo contendría un registro codificado, y los editores del futuro trabajarían desde dentro de ese tejido molecular. Un reality como el que estudiamos —el Reality Champaquí— podría entonces ser un artefacto retroactivo: los tracks aparecerían cuando los editores decidieran que deben existir; las anomalías que hoy nos asombran serían manipulaciones perfectamente orquestadas. La edición no alteraría sólo archivos o memorias externas, sino la sustancia misma de lo vivido. La distinción entre recuerdo, grabación e invención se vuelve insostenible. Lo que hoy se nos presenta como anomalía podría ser, en esta hipótesis, un síntoma temprano de que la realidad ya es —o está en proceso de volverse— editada desde dentro.


Volvemos al café Chaflán. Danilo sentía fuertes molestias por una desgarradura en la pierna. Tras beber el café, la mejoría fue inmediata e inexplicable: no solo dejó de sentir dolor, sino que salió trotando y dio dos vueltas a la rotonda, como si un reseteo físico se hubiera activado en tiempo real. Esta escena es un indicio de que el Reality no solo manipula registros digitales o marcadores cuánticos, sino también cuerpos físicos, programando al protagonista para que cumpla con la actuación prevista. El café, un objeto cotidiano, se convierte así en vehículo mínimo de edición: un recordatorio de que el sistema actúa sobre la biología con la misma precisión que sobre los tracks y los objetos. En otras palabras, “alguien o algo quería que Danilo estuviera en forma para la actuación”, y lo logró de manera inmediata y tangible.

Si un café puede borrar un desgarro en segundos, el Reality ya no se limita a intervenir en los registros del tiempo: se atreve a reescribir la biología. Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿hasta qué punto la trama no está actuando ya en el ADN de los propios protagonistas?

Como es fácil advertir, una persona sensata debería dejar de involucrarse en este asunto de inmediato y poner punto final a esta rara historia. Como también es fácil adivinar, eso no tiene ninguna posibilidad de ocurrir, salvo que el guión lo impida. Y aun si ese fuera el caso, intentaremos llevar este asunto hasta las últimas consecuencias.



Notas 

Yaniv Erlich & Dina Zielinski (2017). "DNA Fountain enables a robust and efficient storage architecture." Science. PubMed: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/28254941/. Also: ScienceDaily summary.


Seth L. Shipman et al. (2017). "CRISPR–Cas encoding of a digital movie into the genomes of a population of living bacteria." Nature. PubMed: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/28700573/. Free article: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC5842791/.


ScienceAlert (2017). "For the first time, scientists have encoded a movie in the DNA of living bacteria." https://www.sciencealert.com/for-the-first-time-scientists-have-encoded-a-movie-in-the-dna-of-living-bacteria.


Wired (2017). "A movie, operating system and Amazon gift card have been stored in DNA." https://www.wired.com/story/dna-data-storage.


The Atlantic (2017). "This Speck of DNA Contains a Movie, a Computer Virus, and an Amazon Gift Card." https://www.theatlantic.com/science/archive/2017/03/this-speck-of-dna-contains-a-movie-a-computer-virus-and-an-amazon-gift-card/518373/.

Cine sobre la cinta de la realidad

El Reality Champaqui no parece tan solo un “experimento cuántico en la montaña” ni un simple reality de exteriores con cámaras ocultas. Todos los indicios apuntan a una producción audiovisual con tecnología imposible.Imposible no por el uso de drones o micrófonos de nanotecnología, sino porque la edición no parece efectuarse sobre un archivo de video, sino sobre la realidad misma.

Por momentos, los personajes actúan como utileros conscientes de que no aparecerán en escena: avanzan torpemente hasta su puesto asignado y tras esta chapucería, entregan el objeto, dicen la línea precisa, ejecutan la coreografía perfecta. Como Susy, que persigue en puntas de pie a Danilo pero remata impecable con el GPS y la coca en cada mano; o el clon del galeno, con una entrada épica, seguida de un “se te perdió algo” sin lógica de continuidad, como si alguien hubiese extirpado de la toma las presentaciones del caso para acentuar el efecto dramático del encuentro.

La edición retroactiva es lo más inquietante: el GPS, que no estaba, ahora siempre estuvo y genera un track; un gesto mal ejecutado se sustituye por otro fluido; la realidad entera pasa por postproducción, como si la línea de tiempo fuera un archivo editado en directo.
 
La edición de la realidad, los mundos múltiples y la simulación 
 
El track Villa Alpina no es solo un registro geográfico: es un artefacto narrativo, un rastro digital que sostiene la trama y al mismo tiempo la delata. Revela que la realidad aquí no solo se vive: se escribe. Pero esta pista abre una pregunta espinosa: ¿desde cuándo se escribe? ¿Es un fenómeno reciente, activado en un contexto controlado como un experimento de campo? ¿O hemos habitado siempre en una realidad editada, con rastros que hoy llamaríamos OOPArts, con construcciones imposibles y eventos anacrónicos que no encajan en nuestra línea histórica oficial? La hipótesis no es inocente: si la edición no es nueva, todo lo que entendemos como historia podría ser también un montaje en postproducción.

Confrontemos esto con la teoría de los mundos múltiples: si cada decisión crea una realidad alternativa, ¿qué hace una edición? ¿Elimina una rama? ¿La reescribe? ¿La mezcla con otra? Y si es así, ¿en qué momento deja de ser “nuestra” realidad y pasa a ser una versión derivada, un corte de montaje? La diferencia con la simulación propuesta por Bostrom es crucial: aquí no estamos hablando de una hipótesis abstracta y probabilística, sino de un escenario con evidencias tangibles. No especulamos que podría haber una simulación: tenemos rastros, objetos y eventos que encajan mejor bajo la lógica de un proceso de edición que bajo  hipótesis incomprobables, aunque no sean incompatibles con los postulados de la física clásica.

Lo más perturbador de esta hipótesis es que insinúa un universo sin supervisión última, sin un “guardián cósmico” que preserve la integridad de la trama. Si la realidad puede ser editada, también puede ser destruida o abandonada a su suerte. Y quizá esa ausencia de supervisión sea precisamente la razón por la que estas intervenciones son posibles. Asi las cosas, los editores podrían ser los "supervisores". Quizás lo que algunas culturas antiguas llamaban "vigilantes".

¿Dónde está el espectador?

Y si uno se pregunta qué es más difícil —entrelazar cuánticamente un GPS con el auto de Lucas, colapsar la desaparición del GPS justo cuando Danilo abre la mochila, o hacer lo mismo pero editando la realidad con cortes invisibles y fundidos que borran recuerdos sin romper demasiado la continuidad— la respuesta es una tercera opción que no es física cuántica sino cine o televisión sobre la realidad. No filmar la realidad, sino reescribirla en postproducción desde adentro.

Para el espectador “desde afuera”, la experiencia es doble: ve una narración limpia, con ritmo y precisión, pero sabe —o al menos intuye— que lo que recibe no es la primera versión del mundo sino una segunda, fabricada sobre la marcha. Es como asistir a una obra de teatro en la que los actores también son utileros, y los utileros a su vez editores del universo. 

Pero ¿cómo sabemos que Susy, mientras persigue a Danilo, no está montando una escena paralela que el protagonista ni siquiera sospecha? Podría estar haciendo muecas, dando indicaciones a cámaras invisibles, susurrando instrucciones o incluso bailando para romper la tensión. Lo que nosotros vemos es sólo la versión final, la versión pulida y editada; la verdadera producción podría estar plagada de tomas descartadas, guiones cambiantes y bloopers que jamás llegarán a la pantalla.

Y entonces, ¿quién es el espectador de este reality? ¿Dónde está, y qué es lo que realmente observa? ¿Se trata de alguien que asiste a un teatro oscuro donde las luces sólo muestran una fracción, o de un operador en una sala de control llena de pantallas que reproducen universos alternativos? En este reality, la realidad misma es el set, y el público, un misterio.

 
El no disimulo y la retroalimentación

Aquí surge lo que no se puede ignorar: los editores no disimulan. Si quisieran ocultar las ediciones, podrían hacerlo sin dificultad. En cambio, dejan huellas visibles, como migas de pan en el bosque. Esto puede ser una distracción calculada —mostrarnos parte del engranaje para que creamos que descubrimos algo— o un juego abierto, donde la consciencia de la edición es parte de la trama. En ambos casos, nuestra ignorancia absoluta no es necesaria; quizás incluso sea más interesante ver cómo reaccionamos sabiendo que hay manipulación.
 



Y en esa grieta aparece algo inesperado: la retroalimentación. Dos sujetos, munidos con tecnología obsoleta y curiosidad infinita, lejos de intimidarse, toman la muestra que el sistema les inoculó —el track Villa Alpina— y lo alimentan con uno de los subtracks que lo componen, reinyectándolo en la misma lógica que lo creó. Es un acto de contraedición o piratería ontologica: el material que nació como herramienta de control narrativo se convierte en insumo de una narración paralela. No rompe la realidad, pero la contamina. Si los editores lo permiten, es porque subestiman el efecto, o bien lo contemplan como parte del guión. En cualquier caso, es la primera evidencia de que no estamos condenados solo a ser personajes: también podemos, aunque sea a escala mínima, actuar como coeditores.


El regreso del búmeran

A mediados de mayo de 2021 Danilo me llamó y dijo:
—Tengo que hablar con usted.
—¿Cómo le fue en el Champaquí? —pregunté.
—Me fue bien, pero ocurrió algo muy extraño.
—¿Qué pasó?
—Es complicado. Extravié el GPS. Me encontré con un tipo igual al aclamado galeno..., que me hizo hablar por teléfono con otro que supuestamente tenía el GPS pero no apareció nunca y…Bueno, es largo. Dígame cuándo puedo ir. Quiero que examine el GPS.
—Pero, ¿no dice que lo extravió?
—Finalmente lo recuperé.
—¿Y para qué quiere que lo revise? ¿Funciona mal?
—Al contrario, diría que anda mejor que antes.
—No estoy entendiendo.
—Cuando le cuente va a entender menos.
—Me está entusiasmando.
—Espero que le dure. ¿Cómo andan de comida sus gatos?
—Siempre preguntan por usted.
—Dígales que salgo para allá.

Así comenzó todo, con una charla en apariencia intrascendente. Ninguno sabía, por entonces, que ingresábamos a un reality del cual nadie había oído hablar, y del cual no sería nada fácil salir.

«A las seis en punto de la mañana del 17 de mayo de 2021, cuatro camaradas y yo partimos en dos autos —una camioneta Peugeot y un Fiat Grand Siena— por la ruta provincial número cinco hasta la rotonda que lleva a La Cumbrecita, tomamos la bifurcación hacia Villa Alpina y nos reunimos en el portal de ingreso al cerro Champaquí, con el propósito de escalarlo y hacer cumbre.

«La camioneta llegó a las 9:05. El Fiat, donde viajaba yo, a las 9:10. Minutos después comenzaba la marcha.

«Voy por delante de mis compañeros marcando el rumbo. La primera parada es un claro, que se abre a través de un espeso bosque de pinos. Lo bordea un arroyo, y me detengo aquí para cargar la cantimplora y encender el GPS.

«Lo busco en el bolsillo de la mochila donde lo guardé la noche anterior, pero no hay nada. Compruebo rápidamente que todos los otros bolsillos están cerrados. Vuelvo a recorrer mentalmente el camino que hice: al llegar me detuve en el albergue Piedra Blanca, que ese día estaba cerrado. Saqué una botella del bolsillo exterior de la mochila y la llené de agua. No hay razón para pensar que el GPS se me haya caído

“Después del café en el Chaflán desaparecieron todas las molestias y llegué al claro en apenas diez minutos, así que calculo que que son las nueve y veinte cuando constato que mi GPS no está donde lo dejé”.

Danilo del Arca no puede saber que desde las 9:22:53 su desaparecido GPS ha comenzado a grabar un track. Es una de las principales funciones de un GPS, grabar tracks, rutas que el dispositivo puede crear o seguir. Un track sirve para mapear terrenos desconocidos, señalar puntos de interés, compartir el trayecto realizado y venir al rescate donde todo rastro del camino se pierde. Lo que importa aquí es que el GPS extraviado ha comenzado a grabar un track. Quienquiera lo haya encontrado está dejando una huella. Ahora bien, ¿quién dejaría una huella en un GPS extraviado que acaba de encontrar y por qué?

Por supuesto, aún no estábamos en condiciones de entender que esa no era la pregunta correcta. No era quién sino qué. Mejor aún, la pregunta que debíamos formular era: ¿se había extraviado el GPS? Todo el tiempo hubo una pista que asomaba, esquiva e irónica, que no pudimos o no quisimos ver. El track había comenzado a grabarse en el preciso momento que Danilo abrió la mochila y descubrió que el aparato no estaba.

Este hecho aislado podría haber pasado por una inquietante casualidad. Pero este perverso mecanismo de relojería no estaba meramente al principio. También coronaba, y de la forma más flagrante, el final del track. Y en ambos casos, la señal del GPS estaba lejos de los protagonistas. Como si observara. Como si hubiese logrado escapar de su propia naturaleza transformándose en una especie de cámara de televisión. Había iniciado su escaneo —el track— al mismo tiempo que Danilo atestiguaba su desaparición, sí, pero a once kilómetros al este de donde se encontraba. Como un búmeran, el GPS regresaba desde un lugar a donde nunca fue, hacia un lugar del cual nunca se pudo haber ido.





El viaje imposible

Por milésima vez examino el registro y noto algo en lo que no había reparado antes.
—Vea esto —le digo a mi amigo—. Hasta que usted llega al claro, el track se mueve a unos veinte kilómetros por hora, la velocidad típica de un auto en esa ruta. A las 9:40, cuando usted ya salió del bosque, preguntándose donde está su GPS y se encamina a la tranquera, la velocidad del track se reduce durante cuatro minutos.El vehículo disminuye la velocidad, pero no se detiene.

—¿Y por qué piensa que reduce la velocidad?
—Supongo que lo están observando.
—¿Desde qué distancia?
—Unos seis kilómetros.
—Obviamente no están usando prismáticos.
—No, estimo que prefieren la televisión.

El registro indica que a las 10:03 el GPS ha llegado al portal de ingreso. Cuando esto ocurre, la gráfica de velocidad divide al track en dos: la primera fase parece desplazarse en un vehículo; la segunda a pie.





—Da la impresión de que alguien baja de un auto en el portal a las 10:03 —observo—. ¿Dónde está usted a esa hora?
—Me aproximaba a la tranquera. A punto de encontrarme con la pandilla del clon del afamado galeno.




Se te perdió algo

Mientras va saliendo de la ficción del bosque a la realidad de la sierra, de la sombra europea de pinos y abedules a la luz que alumbra al tabaquillo autóctono en peligro de extinción, Danilo decide que revisará mejor la mochila durante la próxima parada. Afortunadamente para él, no tiene idea de lo que pasa tras bambalinas; supone que el GPS debe estar en la mochila ya que no hay forma de que se haya perdido. Atraviesa una tranquera a la que sigue una curva detrás de la cual otro grupo de expedicionarios, a quienes no conoce, le traen noticias. El final de la curva los descubre en todo su decadente esplendor. Son, al igual que su grupo, cinco miembros visibles en total.
 

El auto del que venía bajando se detiene en el portal a las 10.03 (hora argentina), 01:03 p.m. hora GMT
La pandilla está conformada, al igual que su grupo, por cinco miembros visibles. Hay algo esencialmente falso —simulado, calculado, escenificado, artificial— en esta aparición: una especie de simetría que se repetirá una y otra vez al analizar el track que en ese preciso momento está grabando el GPS perdido.

«Están todos alineados y avanzan, dos morochos a cada lado de un gringo voluminoso.que habla por teléfono. Es más alto que el resto y está vestido como para opacarlos, con un pantalón cargo caqui y una campera roja, en tanto sus laderos se desdibujan como manchas de azul pálido y beige. El gringo evidentemente es el líder.

«Al principio le encontré cierto parecido con el médico de la fábrica donde trabajaba. Tras un examen más atento me di cuenta de que parecía su hermano gemelo.

—Si no me equivoco, usted me comentó que un día lo vio merodeando por su barrio. ¿Recuerda el hecho?

—Fue en 2014. Un día abrí la puerta del garaje y el venerable galeno pasaba caminando por mi vereda, así que lo saludé y le pregunté si me estaba buscando. Todavía era el gringo piola, no la lacra que devino luego. Respondió que se estaba ganando un dinero extra trabajando para una compañía de salud privada.

—Bien. Tenemos al clon del afamado doctor y sus cuatro laderos. ¿Cómo fue el encuentro?

—Fue algo muy teatral. El clon detuvo la marcha y los dos que tenía a cada lado se apartaron, de la misma forma que un grupo de extras se corre para dar paso al actor principal.

El falso galeno lo miró y, sin despegar el teléfono de la oreja, sonrió y le dijo a modo de saludo:

—Se te perdió algo.

No era una pregunta, era una afirmación. ¿Cómo podía saber este desagradable individuo que se le había perdido algo?

—Sí, perdí mi GPS —respondió Danilo.
—Lo encontró uno del grupo —dijo el clon y antes de que Danilo pudiera reclamar la devolucion, agregó: —Viene bajando.

El clon le extendió el celular, para que hablase con el que venía bajando.

—Hola.¿vos encontraste mí GPS?
—¿Cómo es tu GPS?
—Un Garmin eTrex 20 con un cordón amarillo.
—Sí, yo lo tengo.
—Bueno. Cuando llegues al estacionamiento, vas a ver dos autos, un Fiat gris y una camioneta roja. ¿Me lo podrías dejar en la camioneta? Lo más disimulado que puedas.

—¿Una camioneta roja…?
—Una chata roja Peugeot.
—Ah, sí. La veo.

Si podía ver la camioneta, estacionada cerca del portal de ingreso, significaba que ya había terminado de bajar. Por lo tanto, debía venir muy adelantado a su grupo, al que le restaban unos cuarenta y cinco minutos para completar el descenso. ¿Cómo era posible que no se hubiese cruzado con él en ningún momento, ya que no hay otro camino para subir o bajar? A menos que lo hiciera por un camino alternativo que, hasta donde sabía, no existía. Como fuere, no se entendía dónde diablos había encontrado el GPS. Si venía bajando del cerro, no podría haber encontrado el GPS en ninguna parte del trayecto de Danilo, que venía subiendo, sin haberse cruzado con él. De haber podido ver al que venía bajando, otra pregunta lo hubiera asaltado. ¿Por qué estaba usando su GPS para grabar un track?




El registro de un GPS minimalista

—La señal del GPS —observa mi amigo— viaja por la misma ruta que atravesamos una hora antes rumbo al Champaquí. Pasamos por el punto de inicio del track más o menos a las ocho y media. ¿Puede explicar por qué el recorrido empieza tan lejos?

Por supuesto que no puedo. La vista satelital muestra un paisaje desolado de altos pastizales y piedras. El registro indica que la grabación se inició once kilómetros al este del portal de ingreso. En efecto, el GPS parece estar volviendo, como un búmeran, desde un lugar a donde nunca fue.

¿Cómo llegó el GPS tan lejos? ¿Por qué está grabando el recorrido? Son preguntas que sólo podemos hacernos ahora, y es fácil razonar que sólo pudo haberse caído en la ruta.

—De ninguna manera —objeta Danilo—. No puede haberse caído en la ruta. El GPS va dentro de la mochila guardada en el baúl. El baúl no se abrió hasta que llegamos al portal.

—Entonces tenemos un problema porque tampoco puede haberse caído en el cerro.

Según el registro, a las 10:11 el GPS está en el restaurante de Alta Montaña, lo cual parece indicar dos cosas: que el que venía bajando ya habló con Danilo y que está buscando un lugar seguro donde dejar el artefacto.

La etapa del trayecto a pie muestra una suerte de caminata al principio lógica y luego muy extraña. A las 10.15 ya ha regresado de su aparente búsqueda de un sitio seguro para dejar el GPS y se instala a metros del albergue Piedra Blanca.


La señal permanece moviéndose erráticamente en un radio de unos veinte metros al norte del albergue Piedra Blanca hasta las 11:30, momento en que se ubica 4 metros al norte del albergue y ocurre un cambio físico en el GPS.

A 11:30:12, mientras la expedición almuerza en el puesto Moisés López, el menú del GPS cambia de color: de azul, a rojo. El archivo modificado corresponde al perfil “marino”, que habitualmente se utiliza para desplazarse en el agua.

—Parece que sus amigos —le digo— salieron a pescar.
—¿A pescar hombres, como el galileo?
—Yo diría que más bien es pesca deportiva. Pesca forteana, si quiere. No importa. ¿Qué ocurrió después?

«Aproximadamente a la una de la tarde, se me adelanta un paisano que sube a lomo de mula, en dirección al refigio Los Soles, donde nuestra expedición pasará la noche. Le propongo que baje hasta la camioneta y me traiga el GPS de vuelta. Le ofrezco por la tarea una paga que seguramente supera su ganancia del día. El hombre accede. Por la noche el paisano se presenta en el refugio y me informa que en la camioneta no hay nada».

El track le da, aparentemente, la razón al paisano. El registro indica que el GPS se acercó en algún momento a la camioneta, estacionada a unas dos cuadras del portal, pero continúa moviéndose. Esto no debería ocurrir si hubiese sido depositado. Luego se dirige hacia el restaurante de Alta Montaña y regresa al albergue a las 10:15. Desde entonces hasta las 11:46:49 del 17 de mayo, cuando termina el track, parece estacionado, pero un zoom nos muestra que se mueve de una forma errática y muy lenta entre el albergue y el portal.

—¿Cómo explica este lento rebote entre el albergue y el portal?

—Podriamos pensar que el que venía bajando depositó el GPS encendido en la camioneta, y que los movimientos erráticos se producen por una posición inestable del artefacto. Pero la distancia entre el albergue y el portal es de doce metros. No puede ser un objeto inestable. Más bien da la impresión de que su GPS está pivotando en el vacío dentro de una zona reducida.

—¿Podría ser el que venía bajando? Y en ese caso, ¿por qué va y viene entre el albergue y el portal por más de una hora?

—El movimiento recuerda al de un insecto. Como si el GPS hubiese perdido peso y flotara ingrávido.

—¿Está sugiriendo que quien robó mí GPS está usando nanotecnología?

—No dije eso. Pero es una idea fantástica y no la descartaría. Si lo que se mueve así es una persona, parece estar esperando algo. Está muy nervioso o…, bueno, ha enloquecido.
—¿Y dónde encontró mi GPS?

— Como usted dice, el GPS no se puede haber caído en la ruta. Pero tampoco se puede haber perdido en el cerro. Supongamos que lo extravió apenas llegó a las 9:10. El track empieza a las 9:22. Esos doce minutos, ¿alcanzan para llevar el GPS al punto de inicio del track?

—Claro que no. Se necesitan entre veintiocho y treinta y cinco minutos en auto para cubrir esos once kilómetros. A menos que lo haya encontrado un demente que salió disparado a toda velocidad.

—De ida y vuelta son 22 kilómetros. El demente tendría que haber ido a más de 100 kilómetros por hora. No parece gran cosa para un auto pero…

—Esa ruta es muy difícil. Un auto no podría ir a más de 30 kilómetros por hora. Y ese es precisamente el tope que marca la gráfica de velocidad. ¿Podría ser una moto?

—En auto o en moto —respondo—, un ladrón no lo devolvería, menos después de grabar un track.

—Entonces, si exceptuamos la hipótesis del ladrón arrepentido, el GPS no se puede haber perdido en la ruta y tampoco en el cerro.

—Exactamente. Si vamos a creerle al track, y es lo único que tenemos, el GPS no puede haberse perdido en ninguna parte.

Pero el GPS sí se había perdido: el que venía bajando aseguraba haberlo encontrado.






Un café demasiado mágico

—Ustedes se detuvieron en un café a las 7:20, ¿verdad?

—Sí, nos detuvimos veinte minutos en el café Chaflán, que está sobre la rotonda de donde sale el empalme para Villa Alpina.

—Durante ese tiempo, ¿mantuvieron el Fiat a la vista?

—El café tiene un amplio estacionamiento; así que no estuvimos pendientes de los autos. De todos modos, si alguien abrió el baúl y robó el GPS de la mochila, tuvo que sortear el cierre centralizado del baúl.
—Mientras estuvo ahí, ¿ocurrió algo fuera de lo normal, por mínimo que sea? ¿Algo que le llamara la atención?
—No que yo recuerde.
—¿Circulaba gente en la calle?
—Poca gente. Era una mañana de otoño en las sierras.
—En el restaurante, ¿había otros parroquianos?
—Sólo un par de personas más. Parecía gente normal. Turistas, tal vez.
—¿Y usted? ¿Cómo se sintió mientras estuvo en el café…?
—Buena pregunta, porque la respuesta es…De pronto, me sentí demasiado bien.
—¿Usted no se sentía bien cuando llegó al café?
—Aquella mañana partí con fuertes molestias en la pierna por un desgarramiento sufrido una semana atrás, llegando a solicitar dos días de carpeta médica en el trabajo.
—Supongo que se la concedió su venerado doctor Cretini.
—Él en persona.
—¿Cuándo fue esto?
—Días antes de la expedición. Mi médico personal recomendó tres días de reposo, pero Cretini sólo me extendió dos, miércoles y jueves. No tuve necesidad de exigir la licencia del viernes porque ese día la empresa avisó que no debíamos ir, ya que realizarían una desinfección.
—¿Qué clase de peste había?
—La paranoia de la pandemia.
—Vaya lugar más mugroso.
—Por favor, no omita en su crónica que trabajaba en una empresa top.
—¿Una empresa top que ocultaba las piezas falladas cuando llegaba la inspección?
Prosiga por favor.
—El lunes siguiente, como sabe, partimos hacia Villa Alpina. Pedí a mis compañeros que me tuvieran paciencia, porque no estaba en condiciones físicas óptimas y cuando entramos al restaurante las molestias en mi pierna seguían. Tras beber el café en la rotonda, de repente y sin explicación alguna, todo rastro de dolor o molestia desapareció. Incluso, aunque mis camaradas lo interpretaron como una indicación de que mi malestar era fingido, salí del local y di un par de vueltas a la rotonda, trotando a buen ritmo, para comprobar si realmente estaba tan bien como me sentía.


Alguien o algo quería que el protagonista del Reality estuviera en forma.






Susy no sabe donde está

A mediodía del martes 18 de mayo la expedición alcanza la cumbre del Champaquí, a casi 2800 metros de altura. Media hora después emprenden el regreso, que culminará en la tarde del miércoles 19 de mayo de 2021.


«A las cuatro de la tarde del 19 de mayo, faltando menos de quince minutos para llegar al puesto Moisés López, diviso una pareja que sube. Se trata de un hombre alto, de aspecto nórdico, que parece fisicoculturista y de una mujer morena, también alta y voluptuosa, a los que veo prodigándose demostraciones de afecto demasiado ardientes. Cuando me ven recobran la compostura. Sin saludarme, el hombre me pregunta si falta mucho para llegar a la cima.

«Le respondo que sí, que les conviene pernoctar en Moisés López y al día siguiente continuar.

A las 16:39:50, el GPS extraviado —que desde mediodía del 17 de mayo no registra nada— ha comenzado a grabar el segundo y último track.





El recorrido empieza cerca del portal de ingreso, hacia donde Danilo se dirige para esperar a sus compañeros. El registro muestra movimientos erráticos en un área reducida alrededor del portal.

«Siendo casi las cinco y cuarto de la tarde, en descenso, llego a la entrada del bosque y me siento sobre una piedra para fumar un cigarrillo, que nunca llegué a encender. Miro hacia un lado y veo un teléfono móvil en el suelo, al alcance de mi mano. Lo levanto y mientras me dispongo a examinarlo este suena».

—Parece algo controlado. Note cómo, tanto el 17 como el 19 de mayo, ocurren dos eventos notables cuando usted se encuentra en un área delimitada por el borde del bosque. En el primer caso, cuando sale del bosque sin su GPS, un auto reduce la marcha durante cuatro minutos, luego sigue avanzando por la ruta que lleva al portal. En el segundo caso, cuando se sienta sobre la piedra y encuentra el teléfono, diría que esto sucede en el mismo borde.

—Creo que sé a dónde apunta. Usted supone que estamos ante un área donde algo se desmaterializa, como el GPS, y se materializa, como el teléfono.

—Exacto. ¿Cuánto tiempo tuvo para examinar el teléfono antes de que sonara?

«Literalmente cero. Al levantarlo suena y en la pantalla del móvil aparece el nombre Susana, Susy para los amigos. Atiendo y saludo. Largo silencio. “Perdí el celular”, es lo primero que escucho. Le digo que yo lo encontré y le pregunto dónde está. Tras una larga pausa me responde. “No sé donde estoy”. La forma en que lo dijo me resultó conmovedora. Parecía extraviada, desvalida. Le pregunto si está en Villa Alpina. Tampoco sabe».

Danilo aguza el oído intentando captar el ruido de fondo. No escucha nada, pero tiene la sensación de que alguien le está dictando a Susy las respuestas.

«Le pido que mire a su alrededor y me diga si puede ver el cartel del Portal de Ingreso al Champaquí. Al fin parece que ve algo. Le digo que me espere ahí, que en quince minutos llego».

En cuanto Danilo se pone en marcha, los movimientos erráticos en la señal del GPS cesan.




Lucas, el continuista

«Parto a reunirme con Susy. Son las 17:20. Unos cinco minutos después me sale al paso un sujeto que sube al trote, extenuado. No lleva equipo ni ropa apropiada para escalar y deduzco que sólo está dando un paseo. Cuando aún media entre nosotros una distancia de tres metros, me mira y sin saludarme me dice: “Perdí mi celular”».

Vaya lugar más extraño. Parece que aquí nadie saluda y todos hablan de objetos perdidos. Danilo aún no sabe que se ha encontrado con Lucas, el continuista.

—¿Por qué cree que Lucas llegó corriendo a su encuentro?
—Tal vez porque había dejado a Susy sola esperando en el portal.
—A mí me parece que Lucas sabía que usted tenía el teléfono. ¿Cómo podía saberlo? Del mismo modo que el clon del galeno. Está gente parece tener ojos en todas partes Lo que no sé es si su prioridad era encontrarse con usted o sacárselo de la mano.
—No sé. Dijo que perdió el teléfono. Respondo que yo lo encontré, que hablé con Susy y le prometí llevárselo al portal. Entablamos una charla amigable mientras le explico que no puedo demorarme porque me aguardan mis compañeros. Me sigue y me cuenta que empezaron a escalar el cerro con Susy, pero se dieron cuenta de que la cumbre estaba muy lejos y se volvieron. Supongo que fue entonces cuando perdió el teléfono. Lucas me pregunta en cuánto tiempo se llega a la cima. Le respondo que una escalada completa entre ascenso y descenso requiere como promedio tres días. Le muestro el celular y se lo entrego. Ahora me doy cuenta de que fue un error. Tendría que haberlo puesto a prueba. No sé por qué pero se lo di.


«Lucas pregunta por mis camaradas. Le digo que son compañeros en la autopartista donde trabajo. Afirma que unos años atrás dio en la empresa un curso. Curiosa coincidencia, yo estuve entre los asistentes. No recuerdo a Lucas pero sí la temática, que era rodamientos SKF. Transcurridos unos minutos me pide que nos detengamos porque se clavó una espina.

«Encontrar el teléfono en el lugar donde me senté y que este sonara apenas lo levanté era una coincidencia llamativa; que Lucas, el dueño del teléfono —aparentemente el novio de Susy, la mujer que había llamado—, hubiese dado un curso al que asistí ya era bastante raro, pero la aparición de una espina en un lugar que conozco y donde sé que no hay me puso en guardia. Lucas se disculpa por estar retrasándome, mientras se quita el calzado pero no las medias. Si había una espina, nunca la vi. Tras un par de minutos continuamos».

Quizás el buen Lucas quería descansar. O tal vez estaba haciendo tiempo para cumplir con un horario preestablecido.




La reunión en el portal

En el portal de ingreso al Champaquí Lucas y Danilo se reúnen —según el registro del GPS a las 17:31— con Susy. Viste una campera chaleco roja y unas calzas negras ajustadas. Danilo la describe parecida a Semjase, una supuesta extraterrestre cuya fotografía aparece en muchos libros y sitios de internet ilustrando la interminable saga de los contactos de Billy Meier con los pleyadianos. ¿Qué tenía que hacer una figura tan vapuleada como Semjase aquí?

“Yo diría que es una asociación inconsciente. Villa Alpina fue literalmente plantada por inmigrantes europeos que querían recrear el paisaje natal. Este paisaje evoca aquel otro donde el suizo supuestamente encontró a su musa galáctica. Pinos, abedules, cabras…La suma de hechos extraños y coincidencias a esta altura empezaba a sentirse como algo irreal. De ahí la comparación”.

—¿Podría enumerar esos hechos?
—Primero, la desaparición del GPS. No encontraba una explicación lógica de dónde y cuándo se podía haber perdido. Segundo, la aparición de un sujeto idéntico al médico de la fábrica, con el cual no tenía una buena relación: me resultó inquietante. Tercero, la conversación con el que venía bajando, al que esperaba cruzarme y nunca apareció. Cuarto, el hallazgo del teléfono. Uno no espera encontrar uno en medio de la nada. Quinto, la llamada de Susy. Fue demasiado instantánea. Sexto, la aparición de Lucas…, y séptimo, la forma en que terminó todo.


Son las 17.35. El registro indica que a esa hora el GPS está a escasos metros, no más de treinta, al norte del portal.

—¿Dónde está usted a las 17:35?
—Llego con Lucas al portal donde nos está esperando Susy, aparentemente muy tranquila, de brazos cruzados.

Lucas presenta a Danilo como “un honesto”, por no haberle robado el teléfono y ella lo saluda con un choque de puños, como era habitual en la época de la pandemia de coronavirus. Conversan unos minutos y Lucas se retira a buscar su automóvil, estacionado cincuenta metros al este del portal.

—Bien. Lucas se retira a buscar el auto. Susy debería haberlo acompañado, ¿verdad?
—No necesariamente. Lo llamativo no es que se quedara, sino que me siguiera.




La coquita de Susy

Susy no se va con Lucas. No hay más coches ni más gente en la escena. Villa Alpina no tiene más de cincuenta habitantes permanentes y además es un miércoles; las hordas turísticas llegan los fines de semana.

“Cuando planeamos la expedición” me ha dicho Danilo en repetidas ocasiones, “decidimos ir un día de semana para no encontrarnos con seres humanos…Y hoy creo que esto resultó estrictamente cierto”.
Al ver que Susy se quedó y justificándose por la descortesía de alejarse rápidamente, Danilo le explica sin detenerse que debe buscar un GPS extraviado, que tendrían que haberle dejado en la camioneta. A una cuadra de su objetivo le parece que Susy lo viene siguiendo, un poco por detrás, pero no se vuelve. Aprieta el paso y llega a la camioneta. Empieza a revisar los ángulos de la caja, uno por uno. Es una operación que le demanda tres segundos porque no ve nada.
Son las 17:48 pasadas. El segundo y último track termina su grabación. Nadie puede verlo, pero el registro indica que en ese momento el GPS está inconvenientemente lejos, a un kilómetro al este de la camioneta. Sin embargo esa distancia no será un obstáculo para la magia de Susy.
Antes de que pudiera examinar el último rincón de la camioneta y dar el GPS definitivamente por perdido, Susy aparece —junto al lado de la camioneta que faltaba revisar— y le pregunta: “¿Es éste?”, extendiéndole el artefacto extraviado, al tiempo que saca de alguna parte una latita de coca cola y se la entrega como premio, aparentemente, a su honestidad. Según Danilo, ella le ofrece ambas cosas a la vez: en una mano el GPS y la coquita en la otra.

—No puede ser más cinematográfico —protesto, indignado—. La pose de Susy con una cosa en cada mano es una típica imagen publicitaria. ¿Para quién actúa? Más importante aún, ¿cómo sabemos que el GPS que le dio es el mismo que usted extravió?
—Aparentemente es el mismo. Pero ahora que lo pienso, si pueden clonar a mi admirado galeno también pueden con el GPS.

En ese preciso momento, mientras Danilo recibe el GPS y la coquita de manos de Susy, Lucas aparece al volante de su Renault Sandero y abre la puerta. Susy se despide, sube rápidamente al auto y ambos se alejan a toda velocidad, como si quisieran evitar preguntas o que alguien los alcance. Danilo mira el auto empequeñeciendo detrás de una nube de polvo que hace parecer la escena cada vez más irreal.
Mientras espera el regreso de sus camaradas, enciende el cigarrillo que la llamada de Susy interrumpió, pone en marcha el GPS y sorbe la coquita de Susy, que en su opinión está extremadamente fría.

—¿Qué tan fría?
—Demasiado fría.
—Pero es mayo, son casi las seis de la tarde y usted está al pie del cerro más alto de la provincia.
—Está tan fría como si alguien la hubiese arrojado desde la cumbre en una noche invernal.
—¿Cómo sabe que no hay una heladera portátil en el auto de Lucas?
—No lo sé, pero créame cuando le digo que estaba demasiado fría.




El adiós de las cabras

Al encender el GPS, el color del menú ha sido cambiado de azul a rojo. Mientras intenta espantar a un grupo de unas treinta cabras que lo rodean, posiblemente en busca de alimento, se apodera de él una abrumadora sensación de irrealidad.

—Esas cabras —le digo—, son testigos de la máxima importancia en este caso.
—No me va a decir que las cabras también están actuando .A esa hora se empiezan a oír los cencerros de las que vuelven a ocuparse de sus crías. Es algo normal.
—Desde luego. Para mí la evidencia no está en las cabras, sino en los cencerros. Tengo la impresión de que la sensación de irrealidad que usted experimenta es como el lento despertar de un sueño. No es casual que mencione los cencerros de las cabras en ese momento.
—¿Usted está sugiriendo que todo fue una alucinación?
—Me encantaría poder hacerlo. Pero tenemos un track que lo desmiente.


En efecto, si no fuese por el track encontrado, este debería ser el fin de la historia. Cuando mi amigo volvió a la ciudad y me relató su experiencia, le pedí que llevara el GPS a mi casa para examinarlo, lo cual hicimos un par de días después. Nos aguardaba una gran sorpresa.

El registro imposible

El track Villa Alpina

Desde luego no esperaba nada ni remotamente parecido a lo que encontré; mi principal propósito era averiguar la hora en que había sido cambiado el color del menú. No se me ocurría otra cosa para satisfacer la curiosidad de mi amigo, a quien notaba profundamente alterado por los acontecimientos de Villa Alpina. Era evidente que alguien se había entretenido con el GPS tras el extravío, pero pensé que todo terminaba ahí. A menudo me pregunto qué hubiese ocurrido si pasábamos por alto el “obsequio” dejado por nuestros misteriosos donantes.

—No hubiera pasado nada —asegura mi amigo—. Sabían que lo íbamos a encontrar.

—Parece que consideraron la posibilidad de que no lo viéramos. Por eso cambiaron el color del menú.

El cambio había ocurrido el 17 de mayo hacia las once y media de la mañana, cuando el GPS ya se había extraviado. Esto era intrigante, pero no conducía a ningún lado. Empecé a revisar las demás carpetas en busca de algún otro cambio, por si acaso. Al examinar el directorio donde se alojan los tracks, vi uno que no tendría que haber estado ahí. Aparecía como grabado el 19 de mayo de 2021 a las ‎05:48:50 p.m., aproximadamente la hora en que Susy “encuentra” el GPS en la camioneta. Era el track Villa Alpina[1].

Pregunté a mi amigo qué era este track. Se acercó para mirarlo y tras un brevísimo examen respondió: “Eso no es mío”. El nunca podría haberlo grabado, me explicó, ya que no recuperó el GPS hasta que Susy se lo hizo aparecer, minutos antes de pegar la vuelta.

Examinamos el track con el Garmin. Estaba compuesto por varias rutas, algunas de las cuales coincidían —parcialmente— con su expedición es y otras no. 

—Déjeme ver —dijo. Y tras un rato—: Esto es muy raro.

En efecto lo era. La hora de grabación del track coincidía “aproximadamente” con la devolución del GPS. Sólo teníamos la hora del track y no la hora de la entrega para comparar. Como pudimos comprobar al reconstruir los hechos de la tarde del 19 de mayo, la hora de la entrega tendría que haber ocurrido entre las 17:46 y las 17:51, y dado que el track se grabó a las 17:48 no se podía descartar la posibilidad de que la grabación y la entrega hubieran sido simultáneas. Esta proximidad era incómoda, porque parecía indicar que el GPS estaba encendido y grabando cuando Susy lo encontró. Y que había detenido la grabación en el último segundo.

—No entiendo el propósito —dije— de meter en el GPS un track con cincuenta horas de recorrido. 

—Podría tratarse de un mensaje. Un mensaje en forma de track, tal vez.

La idea de encontrar un mensaje en el track era estimulante, aunque no le veía demasiada lógica, a menos que en todo ese laberinto de rutas hubiese alguna pista de cómo descifrarlo. El hecho de no haber participado de la expedición, pensé, me daría cierta objetividad para el análisis. Siempre es más fácil resolver los problemas de los demás porque uno no está involucrado. No tendría que esperar mucho parar descubrir mi error.

Hice una copia del archivo y prometí que lo examinaría detenidamente. Unos días después, al hacer zoom sobre una parte del track, una mezcla de horror y fascinación me llevó a descubrir que una combinación de teclas aumentaba el zoom más allá del límite del software. Era mi barrio. Era mi calle. Y, sin lugar a dudas, también era mi casa.

A las 10:03 del 17 de mayo, el que venía bajando detiene su automóvil 51 metros (primer punto azul desde la derecha) al este del portal (marcador rojo). Exactamente donde el 19 de mayo se encuentra estacionado el auto de Lucas.

Llamé de inmediato a Danilo y le pedí explicaciones. Le mostré el zoom sobre mi casa y seguí el trayecto hasta el final: terminaba en su propio domicilio. Mi amigo declaró que él jamás había creado ese track; mucho menos —observó— cuando el recorrido que unía ambos puntos era aéreo. Le pregunté si estábamos en problemas.

“No le quepa la menor duda”, respondió.

Después de darle muchas vueltas al asunto, me di cuenta de que sería imposible entender el track Villa Alpina —si había algo que entender— sin examinar el código fuente. Como su nombre lo indica, este código es el origen de la información que contiene el track. Allí se guardan los parámetros que componen cada punto de la ruta: latitud, longitud, altitud, velocidad, año, día, mes, hora, minutos y segundos. Así podemos saber dónde está el GPS en un momento determinado y calcular la duración de cada tramo, entre otras cosas. Los interesados en el aspecto técnico pueden consultar el detalle del software de análisis GPS utilizado.

Terminado el desglose del código, se hizo evidente que el track Villa Alpina estaba compuesto por 20 subtracks o recorridos, en fechas que iban desde el 25 de febrero al 19 de mayo de 2021[2]. De estos veinte trayectos, cuatro de ellos[3] registran un desplazamiento aéreo entre la casa de Danilo y la mía. Llama la atención que en estos viajes, que en una marcha a pie pueden cubrirse en cuarenta minutos, lo que fuere que trazó los tracks demora hasta tres horas.

Esta notable lentitud la volveríamos a encontrar repetidamente, incluso en una versión extrema, donde para recorrer una distancia que se puede cubrir en menos de una hora a pie, esta cosa se tomó cuatro días, al cabo de los cuales se estacionó en una esquina, frente a una escuela. Fue entonces cuando descubrimos que este infatigable —y chismoso —viajero no sólo se movía por curiosidad; estaba muy bien informado y sabía quién había ido a esa escuela, delante de la cual yo había pasado mil veces sin tener idea.

Separar el track Villa Alpina en las partes que lo componían aclaró un poco el panorama. Existe en los GPS algo conocido como “track log”, que es un registro de los puntos del recorrido. Si este track log no se pone a cero al principio de la grabación, o no hay suficiente espacio libre, o la memoria del GPS esta sobresaturada, puede ocurrir que los distintos trayectos se acumulen y superpongan en un solo track[4]. Esto podía haber ocurrido en el track Villa Alpina y como resultado los únicos trayectos realmente nuevos debían ser los del 17 y 19 de mayo, coincidiendo con el ascenso y el descenso de la expedición.

Lo bueno era que el problema se reducía ahora a dos tracks; lo malo que en este enjambre de trayectos había cuatro, entre la casa de mi amigo y la mía, grabados por alguien o por algo que no nos invitó. Esto de por sí ya resultaba muy extraño, y la pregunta inevitable era si estos trayectos podían ser reales o inventados. La razón para poner en duda su autenticidad era que esos recorridos formaban parte del track Villa Alpina y, por consiguiente, podían haber sido grabados durante el tiempo que el GPS estuvo perdido. Por qué alguien se tomaría el trabajo de inventar algo así quedaba fuera de nuestra comprensión.

Sin embargo un detalle descubierto después de la expedición nos obligó a considerar que el track Villa Alpina podía estar describiendo un recorrido real. En el dispositivo encontramos otros tracks anteriores a la expedición, que al archivarse automáticamente habían pasado desapercibidos. Estos tracks no sólo no debían estar ahí, sino que desafiaban la lógica más elemental del espacio y del tiempo.

NOTAS

[1] El nombre del archivo encontrado es Track_VÍLLA ALPINA.gxp

[2] Las fechas de los subtracks, todas de 2021, son: 25 de febrero, 27 de febrero, 1 de marzo, 16 de marzo, 18 de marzo, 21 de marzo, 7 de abril, 10 de abril, 11 de abril, 12 de abril, 14 de abril, 19 de abril, 24 de abril, 27 de abril, 01 de mayo, 11 de mayo, 12 de mayo, 16 de mayo, 17 de mayo, 19 de mayo. La superposición de trayectos es un fenómeno conocido por los usuarios de este y otros modelos de GPS. Una forma de prevenir esta calamidad es archivar los tracks manualmente; de lo contrario lo hará el propio dispositivo. (Gracias a esta característica de autoarchivado descubrimos muchos otros tracks sorprendentes).

[3] Estos cuatro tracks corresponden a 18 de marzo, 10 de abril, 11 de abril, 12 de mayo.